martes, julio 24, 2007

Capitulo 33: El cuento del principe


Harry permaneció arrodillado junto a Snape, simplemente mirándolo, hasta que de pronto una aguda y fría voz habló tan cerca de ellos que Harry se puso en pie de un salto, sujetando firmemente el frasco entre sus manos y pensando que Voldemort había vuelto a entrar a la habitación.
La voz de Voldemort resonó desde las paredes y el piso, y Harry se dio cuenta de que estaba hablando para Hogwarts y todo lo que lo rodeaba, que quienes vivían en Hogsmeade y todos aquellos que aún peleaban en el castillo lo escucharían tan claramente como si estuviera parado detrás de ellos, sintiendo su aliento en sus cuellos, como un soplo de muerte.
- Habeis peleado – dijo la voz, fría y aguda – valientemente. Lord Voldemort sabe valorar el coraje.
“Aun así, habeis sufrido grandes pérdidas. Si continuais resistiéndoos a mí, todos vosotros morireis, uno por uno. No quisiera que esto pasara. Cada gota de sangre mágica que se derrama es una pérdida y un desperdicio.
“Lord Voldemort es piadoso. Ordeno a mis tropas retirarse inmediatamente.
“Teneis una hora. Preparad vuestra muerte con dignidad. Tratad a los heridos.
“Ahora te hablo a ti, Harry Potter. Has permitido que tus amigos mueran por ti en vez de enfrentarte conmigo. Esperaré durante una hora en el Bosque Prohibido. Si cuando acabe esa hora no has venido a verme, si no te has rendido, entonces la lucha se reiniciará. Pero esta vez yo mismo entraré en la batalla, Harry Potter, y te encontraré, y castigaré a cada hombre, mujer o niño que trate de protegerte. Una hora.
Tanto Ron como Hermione sacudieron sus cabezas frenéticamente, mirando a Harry:
-No lo escuches – dijo Ron.
-Todo irá bien – recalcó Hermione, con firmeza – Sólo... volvamos al castillo, si ha ido al bosque necesitamos otro plan…
La chica miró el cuerpo de Snape, y luego se apresuró en ir hacia la entrada del túnel. Ron fue detrás de ella. Harry recogió la capa de invisibilidad, y luego miró a Snape. No sabía que sentir, excepto una fuerte impresión por como Snape había sido asesinado, y la razón por la que eso había pasado.
Se juntaron en su regreso por el túnel, sin que ninguno de los tres hablara, y Harry se preguntó si Ron y Hermione aún podían escuchar a Voldemort resonando en sus cabezas, como a él le ocurría.
“Has permitido que tus amigos mueran por ti en vez de enfrentarte conmigo. Esperaré durante una hora en el Bosque Prohibido… Una hora…”
Pequeños trozos de algo parecían estar esparcidos en el frente del castillo. Faltaba una hora más o menos para el amanecer, y aún así todo estaba en completa oscuridad. Los tres se apresuraron a ir hacia los escalones de piedra. Un perro solitario, del tamaño de un bote pequeño, yacía frente a ellos. No había ninguna señal de Grawp o de su atacante.
El castillo estaba inusualmente silencioso. No había destellos luminosos, ni explosiones, gritos o exclamaciones. Las gárgolas de la desierta entrada estaban salpicadas de sangre. Aún había esmeraldas esparcidas por el suelo, junto con trozos de mármol y madera astillada. Parte de las barandillas había sido destrozada.
- ¿Dónde estarán todos? – susurró Hermione.
Ron iba el primero en su camino hacia el Gran Comedor. Harry se detuvo en el umbral.
Las mesas de las Casas ya no estaban, y la habitación estaba repleta. Los sobrevivientes se mantenían abrazados en grupos. Los heridos estaban siendo tratados por Madam Pomfrey y algunos ayudantes en una plataforma. Firenze se encontraba entre los heridos, emanaba sangre de su costado, y se sacudía desde donde estaba tendido, incapaz de ponerse de pie.
Los muertos se encontraban en una fila en el medio del salón. Harry no podía ver el cuerpo de Fred, ya que su familia lo rodeaba. George estaba arrodillado junto a su cabeza, la señora Weasley; tendida sobre el pecho de Fred, temblando incontrolablemente. El señor Weasley le acariciaba el cabello, mientras las lágrimas caían de sus ojos.
Sin decirle nada a Harry, Ron y Hermione se alejaron. Harry vio a Hermione aproximarse a Ginny, cuya cara estaba hinchada y turbada, y abrazarla. Ron se acercó a Bill, Fleur y Percy, quien puso un brazo alrededor de los hombros de Ron. Mientras Ginny y Hermione se aproximaban más al resto de la familia, Harry observó los cuerpos tendidos junto a Fred. Remus y Tonks, pálidos, quietos y con una mirada de paz, parecían dormir bajo el negro cielo encantado.
El Gran Comedor parecía alejarse volando, hacerse más pequeño, encogerse, mientras Harry se alejaba rápidamente del umbral. No podía respirar. No podía soportar mirar los demas cadáveres para ver quienes más habían muerto por él. No podía soportar el estar con los Weasley, no podía mirarlos a los ojos sabiendo que de haberse rendido de inmediato, Fred nunca hubiese muerto.
Dio media vuelta y corrió hacia la escalera de mármol. Lupin, Tonks… Anhelaba no sentir… deseaba poder arrancarse el corazón, el estómago, todo lo que gritaba dentro de él.
El castillo estaba completamente vacío, incluso los fantasmas parecían haberse unido a la masa de luto en el Gran Comedor. Harry corrió sin detenerse, aferrando el frasco de cristal que contenía los últimos pensamientos de Snape, sin aminorar el paso hasta que llegó a la gárgola de piedra que cuidaba la oficina del director.
- ¿Contraseña?
- ¡Dumbledore! - gritó Harry sin pensarlo, pues era a él a quien quería ver, y para su sorpresa, la gárgola se hizo a un lado, abriéndole el paso a la escalera de espiral a sus espaldas.
Pero cuando Harry irrumpió en la oficina circular la encontró cambiada. Los portarretratos que colgaban de las paredes estaban vacíos. Ni un solo director o directora permanecía allí para verlo, todos, según parecía, se habían ido, tal vez porque en las pinturas alrededor del castillo podían ver más claramente lo que estaba pasando.
Harry miró desesperanzado al marco vacío de Dumbledore, que colgada directamente detrás de la silla del director, y luego le dio la espalda. El Pensadero de piedra se encontraba en la misma cabina de siempre. Harry lo cargó hasta el escritorio e introdujo los recuerdos de Snape en la gran vasija con las marcas de runas en el borde. Escapar a la cabeza de otro sería un gran alivio… nada podía ser peor que sus propios pensamientos, aunque hubiesen pertenecido a Snape. Los recuerdos se arremolinaron, plateados y extraños, y sin dudarlo, con un sentimiento de imprudente abandono, aún sabiendo que esto aumentaría su pesar, Harry se zambulló.
Sintió la luz del sol, y sus pies tocaron un suelo cálido. Al enderezarse, pudo ver que estaba en un patio de juegos casi totalmente desierto. Una única y gran chimenea era lo que distinguía en el lejano horizonte. Dos niñas se columpiaban hacia delante y atrás, y un niño delgadísimo las observaba desde detrás de unos arbustos. Su cabello negro era largo, y su ropa era tan desastrosa que parecía a propósito: jeans demasiado cortos, un abrigo lamentable y demasiado largo que podía haber pertenecido a un adulto y una extraña polera que parecía un delantal.
Harry se acercó al muchacho. Snape parecía tener unos nueve o diez años, pálido, pequeño y rudo. Había codicia sin disfrazar en su delgado rostro, mientras observaba a la más joven de las dos hermanas columpiarse más y más alto que su hermana.
- ¡Lily, no hagas eso! – gritó la mayor
Pero la chica se había soltado del columpio en el punto más alto de este, y voló por los aires (literalmente, voló) y se lanzó hacia el cielo con una gran carcajada, y en vez de estrellarse contra el asfalto de patio, se elevó como un trapecista por el aire, manteniéndose arriba durante bastante tiempo y aterrizando suavemente.
- ¡Mamá te dijo que no lo hicieras!
Petunia dejó de columpiarse hundiendo sus sandalias en la tierra, provocando un crujido, y luego se puso de pie, con las manos en la cintura.
- ¡Mamá dijo que no tenías permiso para hacerlo, Lily!
- Pero estoy bien – dijo Lily, aún riendo – Tuney, mira esto. Mira lo que puedo hacer.
Petunia miró alrededor. El patio estaba vacío, a excepción de ellas mismas y, a pesar de que ellas no lo sabían, Snape. Lily recogió una flor que se había caído del arbusto detrás del cual Snape se escondía. Petunia avanzó, evidentemente dividida entre la curiosidad y la desaprobación. Lily esperó a que Petunia estuviese lo suficientemente cerca como para ver bien, y luego abrió la palma de su mano. La flor se sentó ahí, abriendo y cerrando sus pétalos, como si fuera una ostra extraña y bizarra, con muchos labios.
- ¡Detenlo! – chilló Petunia.
- No te hace daño – replicó Lily, pero cerro su mano y arrojó la flor.
- No está bien – dijo Petunia, pero sus ojos habían seguido el vuelo de la flor hacia el suelo, y los mantuvo fijos en ese lugar - ¿Cómo lo haces? – añadió, con una voz que indicaba cuanto quería saber.
- Es obvio, ¿no? – Snape ya no podía contenerse, y saltó de detrás de los arbustos. Petunia gritó y retrocedió corriendo hacia los columpios, pero Lily, aunque claramente asustada, permaneció donde estaba. Snape pareció lamentar haber aparecido. Una capa de rubor se posó en sus pálidas mejillas mientras miraba a Lily.
- ¿Qué es obvio? – preguntó Lily.
Snape parecía nervioso y exaltado. Mirando a Petunia, que se asomaba por detrás de los columpios, bajó la voz y dijo:
- Yo sé lo que eres.
- ¿Qué quieres decir?
- Eres… eres una bruja – susurró Snape.
La niña se mostró ofendida.
- ¡Eso no es algo muy agradable para decirselo a alguien!
Se dio vuelta, con la nariz hacia arriba, y se alejó hacia su hermana.
- ¡No! – dijo Snape. Ahora estaba completamente colorado, y Harry se preguntó porque no que quitaba su ridículamente largo abrigo, a menos que fuera porque no quería mostrar el delantal que traía debajo. Aleteó detrás de las chicas, pareciéndose grotescamente a un murciélago, al igual que su yo mayor.
Las hermanas lo examinaron con una mirada desaprobatoria, y se colgaron de las poleas de uno de los columpios, como si ese fuera un lugar seguro.
- Lo eres - le dijo Snape a Lily – Eres una bruja, te he estado observando desde hace tiempo. Pero no tiene nada de malo, mi madre también lo es, y yo soy un mago.
La risa de Petunia era como agua fría.
- ¡Un mago! – exclamó, recuperando el coraje ahora que ya había superado el susto la aparición repentina - ¡Yo sé quien eres! ¡Eres ese tal Snape! Vivis al terminar Spinner End, cerca del río – le dijo a Lily, y era evidente por su tono de voz que consideraba la dirección muy poco recomendable - ¿Por qué nos has estado espiando?
- ¡No he estado espiando! – dijo Snape, acalorado, incómodo y con el cabello sucio bajo la luz del sol – No te espiaría a ti, de todas formas – añadió con desprecio – eres una muggle.
Aunque claramente Petunia no entendía la palabra, intuía lo que era por el tono.
- ¡Ven, Lily, vamonos! – dijo fríamente. Lily obedeció a su hermana de inmediato, mirando a Snape mientras se iba. Él no dejó de mirarlas en su camino hacia el portón de la plaza, y Harry, el único que quedaba para observarlo, pudo reconocer en él una amarga decepción, y comprendió que Snape había estado planeando este momento desde hacia mucho, y que le había salido completamente mal…
La escena se disolvió, y antes de que Harry se diera cuenta, se rehizo a su alrededor. Ahora estaba en un pequeño bosque. Podía ver el agua de un río brillando a través de los troncos. Las sombras que daban los árboles dejaban un claro verde y fresco. Dos niños se encontraban sentados en suelo, cara a cara y con las piernas cruzadas. Snape se había quitado el abrigo, y su delantal parecía menos peculiar a media luz.
- … y el Ministerio puede castigarte por hacer magia fuera de la escuela, te envían cartas.
- ¡Pero yo sí he hecho magia fuera de la escuela!
- Estamos a salvo. Aún no tenemos nuestras varitas. Te dejan en paz cuando eres un niño y no puedes evitarlo. Pero cuando cumples once – y asintió, dándose importancia – y te comienzan a entrenar, debes ser más cuidadoso.
Hubo un pequeño silencio. Lily había recogido una ramita caída y la hacía girar en el aire; Harry supo que la niña imaginaba chispas saliendo de ella. Luego dejó caer la ramita y se inclinó hacia el chico.
-Es verdad ¿no? ¿No es una broma? Petunia dice que me estás mintiendo. Petunia dice que no existe Hogwarts. Es verdad, ¿no?
- Es verdad para nosotros – dijo Snape - no para ella. Pero recibiremos la carta, tú y yo.
- ¿En serio? – susurró Lily.
- Definitivamente – dijo Snape, e incluso con su mal corte de cabello y su extraña ropa, su figura pareció enaltecerse en frente de ella, lleno de confianza en su destino.
- ¿Y de verdad me llegará por lechuza? – susurró Lily.
- Normalmente – dijo Snape – pero eres hija de muggles, así que alguien de la escuela tendrá que venir a explicarsele a tus padres.
- ¿Existen diferencias por ser hija de muggles?
Snape dudó un instante. Sus ojos negros, impacientes y repentinamente abatidos, recorrieron la pálida cara y el cabello rojo oscuro.
- No – dijo – No existe ninguna diferencia.
- Que bien –dijo Lily, relajándose. Estaba claro que eso la había estado preocupando.
- Tienes mucha magia – dijo Snape – pude verlo. Todo el tiempo que te observé…
Su voz fue desapareciendo, ella no estaba escuchando, pero se había estirado en el suelo frondoso y miraba hacia las hojas en las copas de los árboles que había sobre ellos. Él la miró con tanta intensidad como la había mirado en el patio de juegos.
- ¿Cómo van las cosas en tu casa? – preguntó Lily.
Snape frunció un poco el entrecejo.
- Bien – dijo.
- ¿Ya no se pelean?
- Oh, sí. Sí se pelean – dijo Snape, recogiendo un montón de hojas y rompiéndolas, aparentemente sin darse cuenta de lo que estaba haciendo - Pero no falta mucho para que me vaya.
- ¿A tu padre no le gusta la magia?
- Creo que no hay nada que le guste mucho – dijo Snape.
- ¿Severus?
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Snape cuando ella mencionó su nombre.
- ¿Si?
- Hablame otra vez sobre los Dementores.
- ¿Qué quieres saber de ellos?
- Si yo uso magia fuera de la escuela…
- ¡No te enviarán a los Dementores por eso! Los Dementores son para gente que ha hecho cosas realmente malas. Son los guardianes de la prisión mágica, Azkaban. Pero tú no irás a Azkaban, eres demasiado…
Snape se sonrojó nuevamente y destrozó más hojas. Luego, un ligero crujido detrás de Harry hizo que se diera vuelta: Petunia, escondida detrás de un árbol, había perdido el equilibrio.
- ¡Tuney! – exclamó Lily, con una voz llena de sorpresa y bienvenida, pero Snape se había puesto de pie de un salto.
- ¿Quién espía a quién ahora? – gritó – ¿Qué es lo que quieres?
Petunia había perdido el aliento, alarmada por haber sido atrapada. Harry podía ver como luchaba por encontrar algo hiriente que decir.
- ¿Y tú, qué traes puesto? – dijo, señalando al pecho de Snape - ¿Una blusa de tu mami?
Escucharon un “CRACK”: una rama cayo sobre la cabeza de Petunia. Lily gritó, la rama golpeó a Petunia en el hombro, quien retrocedió y se echó a llorar.
- ¡Tuney!
Pero Petunia había salido corriendo. Lily se volteó hacia Snape.
- ¿Tú hiciste que pasara eso?
- No – el chico parecía desafiante y asustado.
- ¡Fuiste tú! – la niña se alejaba, sin darle la espalda - ¡Fuiste tú! ¡La lastimaste!
- No… ¡no lo hice!
Pero la mentira no convenció a Lily: después de una última mirada fulminante, se fue corriendo del bosquecillo, detrás de su hermana, y Snape se quedó allí, miserable y confundido…
Y el escenario se rearmó. Harry miró a su alrededor, se encontraba en el anden 9 y ¾, y Snape estaba a su lado, ligeramente encorvado, junto a una mujer delgada, pálida y con una mirada amarga, que le recordaba mucho a él. Snape miraba a una familia de cuatro miembros que se encontraba a una escasa distancia. Las dos niñas estaban un tanto alejadas de sus padres. Lily parecía estar discutiendo con su hermana. Harry se acercó más para escuchar.
- ¡…lo siento mucho, Tuney, lo siento! Escucha – tomó la mano de su hermana, y la sostuvo, a pesar de que Petunia trataba de soltarse – Tal vez cuando llegue (¡Escucha, Tuney!) Tal vez cuando llegue, podré ir a hablar con el profesor Dumbledore y convencerlo para que cambie de opinión.
- ¡Yo… no… quiero… ir! – dijo Petunia, forcejeando por quitar su mano de entre las de su hermana - ¿Crees que quiero ir a un estúpido castillo a aprender a ser una… una…?
Sus ojos claros recorrieron la plataforma, sobre los gatos maullando en los brazos de sus dueños, sobre las lechuzas ululando y aleteándose unas a otras en sus jaulas, sobre los estudiantes, algunos ya vestidos con sus largas túnicas negras, cargando sus baúles al interior del tren escarlata o saludándose felices unos a otros después de un verano sin verse.
- ¿…crees que quiero ser un… un… fenómeno?
Los ojos de Lily se llenaron de lágrimas mientras Petunia conseguía recuperar su mano.
- No soy un fenómeno – dijo Lily – Es horrible que digas eso.
- Ahí es a donde vas – dijo Petunia, ardientemente – A una escuela especial para fenómenos. Tú y ese Snape… raros, eso es lo que sois. Es bueno que te separen de la gente normal. Es por nuestra propia seguridad.
Lily miró a sus padres, quienes miraban la plataforma con un aire de dicha total, disfrutando la escena. Luego volvió a mirar a su hermana, y su voz se volvió baja y fría.
-No pensabas que era una escuela para fenómenos cuando le escribiste al director rogándole que te aceptara.
Petunia se puso escarlata
-¿Rogandole? ¡Yo no le rogué!
-Vi su respuesta. Fue muy amable.
-¡No debiste haberlo leído…! – susurró Petunia – Era algo privado… ¿Cómo pudiste?
Lily se delató a sí misma al mirar hacia donde se encontraba Snape. Petunia jadeó.
- ¡Ese chico la encontró! ¡Tú y ese niño habeis estado espiando en mi habitación!
- No… no espiando – ahora era Lily quien estaba a la defensiva – ¡Severus vio el sobre, y no podía creer que un no mago fuera capaz de contactar con Hogwarts, eso es todo! Dice que debe haber magos trabajando encubiertos en el servicio postal y que ellos se encargan de…
- ¡Aparentemente los magos meten las narices en todas partes! – dijo Petunia, ahora tan pálida como antes sonrojada - ¡Fenómeno! – le espetó a su hermana, encaminándose luego hacia sus padres.
La escena se disolvió una vez más. Snape recorría el corredor del Expreso de Hogwarts mientras este atravesaba el país. Ya se había puesto su túnica de la escuela, seguramente había aprovechado la primera oportunidad que había tenido para deshacerse de su extraña ropa muggle. Al fin se detuvo, fuera de un compartimiento en el cual unos chicos muy ruidosos conversaban. Encogida en un asiento de la esquina, junto a la ventana, estaba Lily, con su cara apretada contra el cristal de la ventana.
Snape abrió la puerta del compartimiento y se sentó frente a Lily. Ella lo miró y luego volvió la vista hacia la ventana. Había estado llorando.
- No quiero hablar contigo – dijo con la voz contraída.
- ¿Por qué no?
- Tuney m-me odia. Por ver la carta que Dumbledore le envió.
- ¿Y qué?
Lily le lanzó una mirada de profundo desprecio.
- ¡Que es mi hermana!
- Ella es sólo una… - Snape se contuvo rápidamente, pero Lily, demasiado ocupada en secarse las lágrimas sin que nadie se diera cuenta, no lo escuchó.
- ¡Pero nosotros nos vamos! – dijo él, sin poder contener la emoción en su voz - ¡Este es el gran momento! ¡Nos vamos a Hogwarts!
Ella asintió, restregándose los ojos, pero muy a su pesar, sonrió ligeramente.
- Más te vale estar en Slytherin – dijo Snape, envalentonado por el hecho de que se hubiese alegrado un poco.
- ¿Slytherin?
Uno de los chicos con los que compartían el vagón, que no había demostrado el menor interés en Lily o Snape hasta ese momento, miró a su alrededor al escuchar esa palabra, y Harry, cuya atención se había concentrado completamente en los dos que estaban junto a la ventana, vio a su padre: delgado, con el cabello negro igual que Snape, pero con ese aire indefinido de haber sido querido, incluso adorado, y que a Snape tanta falta le hacía.
-¿Quién quiere estar en Slytherin? Creo que mejor me voy, ¿te vienes? – preguntó James al chico tendido en los asientos de enfrente, y con un estremecimiento, Harry se dio cuenta de que era Sirius. Sirius no sonreía.
-Toda mi familia ha estado en Slytherin – dijo.
-Rayos – dijo James – Y a mí que me parecías normal.
Sirius sonrió.
-Tal vez rompa la tradición. ¿A dónde te irías, si tuvieras que elegir?
James levantó una espada invisible.
-¡Gryffindor, donde habitan los valientes de corazón! Igual que mi padre.
Snape hizo un ruidito de disgusto. James se giró hacia él
-¿Tienes algún problema con eso?
-No – dijo Snape, aunque el desprecio en su voz daba a entender otra cosa – Si prefieres ser un musculoso a un cerebrito...
-¿A dónde esperas ir, viendo que no eres ninguna de las dos cosas? – interrumpió Sirius.
James se echó a reír. Lily se puso de pie, un tanto sonrojada, mirando a James y a Sirius con desagrado.
- Vamos, Severus, busquemos otro compartimiento.
- Oohhhhh…
James y Sirius imitaron su voz arrogante. James trató de empujar a Snape mientras pasaba.
-¡Te veo luego, Quejicus! – gritó una voz, mientras la puerta del compartimiento se cerraba de un portazo…
Y la escena se disolvió una vez más…
Harry estaba parado detrás de Snape, mirando las iluminadas mesas de las Casas, llenas de caras. Luego la profesora McGonagall dijo:
- ¡Evans, Lily!
Harry vio a su madre avanzar con las piernas temblándole y sentarse en el inestable taburete. La profesora McGonagall puso el Sombrero Seleccionador sobre su cabeza, y apenas un segundo después de que este tocó el cabello rojo oscuro, el sombrero gritó: “¡Gryffindor!”
Harry escuchó a Snape soltar un pequeño quejido. Lily se quitó el sombrero, se lo devolvió a la profesora McGonagall, y luego se apresuró en ir a la alegre mesa de los Gryffindors, pero mientras se encaminaba hacia allá miró a Snape con una sonrisa triste en su rostro. Harry vio a Sirius acomodarse en el banco para hacerle espacio. Ella le lanzó una mirada, pareció reconocerlo del tren, cruzó los brazos y firmemente le dio la espalda.
La llamada de la lista continuó. Harry vio a Lupin, Pettigrew y a su padre unirse a Lily y Sirius en la mesa de Gryffindor. Cuando faltaban sólo una docena de estudiantes para ser sorteados, la profesora McGonagall llamó a Snape.
Harry caminó junto a él hacia el taburete, lo vio ponerse el sombrero.
- ¡Slytherin! – gritó el Sombrero Seleccionador.
Y Severus Snape caminó para el otro lado del Gran Comedor, lejos de Lily, hacia la mesa donde los de Slytherin le animaban, hacia donde Lucius Malfoy, con una placa de prefecto en el pecho, palmeaba a Snape en la espalda, mientras este se sentaba junto a él.
Y luego la escena cambió…

Lily y Snape caminaban por el patio de la escuela, evidentemente discutiendo. Harry se apresuró en alcanzarlos, para escuchar lo que decían. Mientras los alcanzaba, se dio cuenta de cuanto habian crecido. Parecía que había pasado un par de años desde el sorteo.
- ¿… a pesar de que se suponía que éramos amigos? – decía Snape - ¿Mejores amigos?
- ¡Lo somos, Sev, pero no me gustan algunas de las personas con las que te juntas! Lo siento, pero detesto a Avery y a Mulciber. ¡Mulciber! ¿Qué le ves, Sev? ¡Es aterrador! ¿Sabes lo que trató de hacerle a Mary Macdonald el otro día?
Lily había alcanzado un pilar y se apoyaba en él, mirando a la delgada y pálida cara.
- No fue nada – dijo Snape – Fue un chiste, eso era todo…
- Era magia oscura, y si eso te parece gracioso…
- ¿Y qué hay con las cosas que hace Potter con sus amigos? – demandó Snape. El color volvió a su rostro mientras decía esto, incapaz, al parecer, de mantenerse enojado.
- ¿Qué tiene que ver Potter con todo esto? – preguntó Lily.
- Se escapan de noche. Hay algo raro en ese Lupin. ¿A dónde va todo el tiempo?
-Está enfermo – dijo Lily – Dicen que está enfermo…
-¿Todos los meses en luna llena? – replicó Snape.
-Conozco tu teoría –dijo Lily fríamente– De cualquier forma, ¿Por qué te obsesionas con ellos? ¿Qué te importa lo que hagan de noche?
- Sólo trato de demostrarte que no son tan maravillosos como todos creen que son.
La intensidad de su mirada la hizo sonrojarse.
- Al menos no usan magia oscura – Lily disminuyó su voz – Y estás siendo muy ingrato, oí lo que pasó la otra noche. Fuiste a meterte a ese túnel cerca del Sauce Boxeador, y James Potter te salvó de lo que sea que haya ahí.
La cara de Snape se contrajo completamente mientras murmuraba:
- ¿Que me salvó? ¿Salvar? ¿Crees que estaba jugando al héroe? ¡Estaba salvando su cuello, y el de sus amigos también! Tú no vas a…no te permitiré…
- ¿Permitirme? ¿Permitirme?
Lily abrió sus brillantes ojos verdes como platos. Snape se arrepintió de inmediato.
- No quise decir… es sólo que no quiero que hagas el… ¡Le gustas, le gustas a James Potter! – las palabras parecían salir de Snape contra su voluntad – Y él no es… lo que todos piensan… un héroe del Quidditch… - la amargura y el desagrado de Snape lo estaban volviendo incoherente, y las cejas de Lily se elevaban más y más en su frente.
- Sé que James Potter es un idiota arrogante – dijo, cortando a Snape – No necesito que tú me lo digas. Pero la idea que Mulciber y Avery tienen del humor es simplemente malvada. Malvada. No entiendo como puedes ser amigo de ellos.
Harry dudaba mucho de que Snape hubiese siquiera escuchado sus quejas sobre Mulciber y Avery. En cuanto la había oído insultar a James Potter, todo su cuerpo se había relajado, y mientras seguían caminando el paso de Snape se volvió distinto…
Y la escena se disolvió…
Harry volvió a ver a Snape dejando el Gran Comedor luego de hacer su T.I.M.O. de Defensa Contra las Artes Oscuras, vio como se alejaba del castillo y paseaba sin darse cuenta cerca del lugar en donde James, Sirius, Lupin y Pettigrew estaban sentados juntos bajo el haya. Pero Harry se mantuvo distante esta vez, pues sabía lo que había pasado luego de que James levantaba a Snape en el aire y lo ridiculizaba, sabía lo que habían hecho y dicho, y no quería volver a escucharlo… Vio a Lily unirse al grupo y defender a Snape. A la distancia oyó a Snape gritarle, en su humillación y su furia, las palabras imperdonables: Sangre sucia.
La escena cambió…
- Lo siento.
- No me interesa.
- ¡Lo siento!
- Guarda tu aliento.
Era de noche. Lily, que vestía una túnica de gala, estaba de pie con los brazos cruzados enfrente del portarretrato de la Dama Gorda, a la entrada de la torre de Gryffindor.
- Sólo salí porque Mary me dijo que amenazabas con dormir aquí.
- Iba a hacerlo. Lo hubiera hecho. Nunca quise llamarte sangre sucia, sólo…
- ¡Se te escapo! – no había pena en la voz de Lily – Es demasiado tarde, he encontrado excusas para ti todos estos años. Ninguno de mis amigos puede entender por que te hablo. Tú y tus queridos amigos Mortífagos… ¡Ves, ni siquiera lo niegas! ¡Ni siquiera niegas que es a lo que todos aspirais! No puedes esperar para unirte a Ya – Sabes – Quien, ¿verdad?
Snape abrió la boca, pero la cerró sin hablar.
- No puedo seguir pretendiendolo. Tú escogiste tu camino, y yo el mío.
- No, escucha, no quería…
-¿Llamarme sangre sucia? Pero así es como llamas a todos los de mi clase, Severus. ¿Por qué yo debería recibir un trato especial?
Snape luchó consigo mismo, a punto de decir algo, pero con una mirada de desprecio, Lily se dio vuelta y atravesó el agujero del portarretrato.
El corredor se disolvió, y la escena se demoró un poco más en rehacerse: Harry sintió que volaba a través de figuras y colores cambiantes hasta que todo a su alrededor se solidificó otra vez y se paró en la cima de una colina, triste y fría en la oscuridad, con el viento soplando a través de las ramas de unos cuantos árboles sin hojas. El Snape adulto estaba sin aliento, girando sobre si mismo, con la varita firmemente sujeta en la mano, esperando algo o a alguien… Su miedo infectó a Harry también, a pesar de saber que no podía ser dañado, y miró sobre su hombro, preguntándose que sería lo que Snape estaba esperando…
Luego un destello de luz blanca cegadora voló a través del aire. Harry pensó en el resplandor, pero Snape había caído de rodillas y su varita había salido disparada de sus manos.
- ¡No me mate!
- Esa no era mi intención.
Cualquier sonido de la Aparición de Dumbledore había sido sofocado por el ruido del viento entre las ramas. Se detuvo junto a Snape con su túnica ondeando a su ardedor, y su cara iluminada por debajo por la luz creada por su varita.
- ¿Y bien, Severus? ¿Qué mensaje tiene Lord Voldemort para mí?
- Ni… ningún mensaje… ¡Estoy aquí por mi cuenta!
Snape se secaba las manos. Parecía un poco loco, con su desordenado pelo negro volando a su alrededor.
- Yo…vine con una advertencia… no, una petición… por favor…
Dumbledore agitó su varita. A pesar de que las hojas y las ramas aún volaban a través del aire nocturno a su alrededor, se hizo silencio en el lugar donde él y Snape se veían cara a cara.
- ¿Qué petición podría hacerme un Mortífago?
- La… la profecía… la predicción… Trelawney…
- Ah, sí – dijo Dumbledore - ¿Cuánto le contaste a Lord Voldemort?
- ¡Todo, todo lo que escuché! – respondió Snape – Es por eso que…. es por esa razón que… ¡él cree que se trata de Lily Evans!
- La profecía no hacía referencia a una mujer – dijo Dumbledore – Hablaba de un niño nacido a finales de Julio…
- ¡Sabes lo quiero decir! El piensa que se trata de su hijo, y la va a cazar… los va a matar a todos…
- Si significa tanto para ti – dijo Dumbledore – seguramente Lord Voldemort la dejará ir, ¿no? ¿No podrías pedir piedad por la madre, a cambio del hijo?
- Yo… yo ya se lo pedí…
- Eres repugnante – dijo Dumbledore, y Harry nunca había oído tanto disgusto en su voz. Snape pareció encogerse un poco – ¿No te preocupa, entonces, que su esposo y su hijo mueran? ¿Ellos pueden morir, siempre y cuando tú obtengas lo que quieres?
Snape no dijo nada, simplemente miró a Dumbledore.
- Escóndelos a todos, entonces – gruñó – Mantenla… mantenlos a salvo. Por favor.
- ¿Y qué me darás a cambio, Severus?
- ¿A… a cambio? – Snape miró a Dumbledore, y Harry pensó que se iba a quejar, pero luego de un momento muy largo dijo – Lo que sea.
La colina se deshizo, y Harry se encontró de pie en la oficina de Dumbledore. Algo hacía un sonido terrible, como un animal herido. Snape se dejó caer en una silla y Dumbledore, parado sobre él, parecía muy afligido. Luego de un momento, Snape levantó su rostro, y parecía un hombre que hubiese vivido cien años de miserias desde que había dejado la colina salvaje.
- Pensé… que iba... a mantenerla… a salvo…
- Ella y James depositaron su confianza en la persona equivocada – dijo Dumbledore – Igual que tú, Severus. ¿Acaso no esperabas que Voldemort la dejara ir?
Snape respiraba entrecortadamente.
- Su hijo sobrevivió – dijo Dumbledore.
Con un pequeño movimiento de cabeza, Snape pareció alejar algo desagradable.
- Su hijo vive. Tiene sus ojos, sus mismos ojos. Recuerdas la forma y el color de los ojos de Lily Evans, me imagino
- ¡NO! – aulló Snape – Se ha ido… muerta…
- ¿Te remuerde la conciencia, Severus?
- Desearía… desearía que yo hubiese muerto…
- ¿Y eso de qué serviría? – dijo Dumbledore fríamente – Si amabas a Lily Evans, si realmente la amabas, entonces está claro lo que debes hacer.
- ¿Qué… qué quieres decir?
- Sabes como y porqué murió. Asegúrate de que no fue en vano. Ayuda a proteger al hijo de Lily.
- Él no necesita protección. El Señor Oscuro se ha ido…
- El Señor Oscuro regresará, y Harry Potter estará en un peligro terrible cuando lo haga.
Hubo una pausa muy larga, y lentamente Snape recuperó el control de sí mismo, reguló su respiración. Al fin dijo:
- Muy bien. Muy bien. ¡Pero nunca, nunca se lo diga a nadie, Dumbledore! ¡Esto queda entre nosotros! ¡Júrelo! No puedo soportar… especialmente el hijo de Potter… ¡Quiero su palabra!
- ¿Mi palabra, Severus, de no revelar nunca lo mejor de ti? – suspiró Dumbledore, mirando a la angustiada y feroz cara de Snape – Si insistes…
La oficina se disolvió y rearmó instantáneamente. Snape caminaba de un lado a otro en frente de Dumbledore.
-…. mediocre, arrogante como su padre, decidido a romper las reglas, fascinado de descubrir que es famoso, llamando la atención e impertinente…
- Ves lo que quieres ver, Severus – dijo Dumbledore, sin levantar la vista de una copia de Transformación Moderna – Otros profesores me han dicho que el chico es modesto, agradable y razonablemente talentoso. Personalmente, me parece un muchacho encantador.
Dumbledore dio vuelta a la página, y dijo sin mirar:
- Échale un vistazo a Quirrel, ¿quieres?
Un espiral de colores, y ahora todo se había oscurecido, y Snape y Dumbledore estaban de pie, un poco alejados en el hall de entrada, mientras los últimos que quedaban del Baile de Navidad pasaban junto a ellos para irse a la cama.
- ¿Y bien? – murmuró Dumbledore.
- La marca de Karkaroff también se ha oscurecido. Está aterrado, teme una venganza, usted sabe cuanta ayuda le brindó al Ministerio despues de que el Señor Oscuro cayera –Snape miró de reojo al perfil de nariz ganchuda de Dumbledore – Karkaroff huirá si la Marca comienza a quemar.
- ¿Lo hará? – preguntó Dumbledore suavemente, mientras Fleur Delacour y Roger Davies venían desde el patio, riendo - ¿Y tú, te sientes tentado a irte con él?
- No – dijo Snape, con sus ojos negros fijos en las cada vez más alejadas siluetas de Fleur y Roger – No soy tan cobarde.
- No – acordó Dumbledore – Eres un hombre mucho más valiente que Igor Karkaroff. Sabes, a veces pienso que sorteamos las Casas demasiado pronto…
Dumbledore se alejó, dejando a Snape con cara de estar herido.
Y ahora Harry estaba una vez más en la oficina del director. Era de noche, y Dumbledore giraba en la silla que parecía un trono detrás del escritorio, aparentemente semiconsciente. Su mano derecha colgaba de un lado, ennegrecida y quemada. Snape murmuraba encantamientos, señalando la muñeca de esa mano con su varita, mientras que su mano izquierda vaciaba un cáliz lleno de una poción dorada en la garganta de Dumbledore. Al cabo de unos momentos, las pestañas del director se sacudieron para abrirse.
- ¿Por qué? – dijo Snape, sin preámbulo - ¿Por qué se puso ese anillo? Lleva una maldición, seguramente ya lo sabía. ¿Por qué lo tocó?
El anillo de Marvolo Gaunt yacía en el escritorio frente a Dumbledore. Estaba roto; la espada de Gryffindor estaba tendida junto a él.
Dumbledore frunció el ceño.
- Fui… un tonto. Me vi profundamente tentado…
- ¿Tentado a que?
Dumbledore no respondió.
- ¡Es un milagro que haya podido regresar! – Snape sonaba furioso – Ese anillo portaba una maldición de un poder extraordinario, contenerla es lo más que podemos hacer; he atrapado la maldición en su mano, por ahora…
Dumbledore levantó su mano, ennegrecida e inútil, y la examinó como si se tratara de una interesante antigüedad.
- Has hecho bien, Severus. ¿Cuánto tiempo crees que me queda?
El tono de Dumbledore era el de una conversación normal, podría haber estado preguntando por un informe del clima. Snape dudó un momento, antes de hablar.
- No sabría decirlo. Tal vez un año. No hay forma de contrarrestar un hechizo así para siempre. Eventualmente, se esparcirá. Es el tipo de maldición que crece con el tiempo.
Dumbledore sonrió. La noticia de que le quedaba menos de un año de vida no parecía importarle mucho.
- Soy muy afortunado, extremadamente afortunado de tenerte, Severus.
- ¡Si sólo me hubiese llamado un poco antes, hubiese podido hacer algo más, darle algo más de tiempo! – dijo Snape, furioso. Miró el anillo roto, y la espada - ¿Creia que con romper el anillo se romperia la maldición?

- Algo así… estaba delirando, sin duda alguna…. – dijo Dumbledore. Con un gran esfuerzo se enderezó en la silla – Bueno, en realidad, eso importará más adelante.
Snape se quedó completamente perplejo. Dumbledore sonrió.
- Me refiero al plan que Lord Voldemort tiene sobre mí- Su plan para conseguir que el pobre chico Malfoy me asesine.
Snape se sentó en la silla que Harry solía ocupar, al otro lado del escritorio de Dumbledore. Harry se dio cuenta de que quería seguir hablando de la mano maldita de Dumbledore, pero que este rehusaba educadamente a seguir discutiendo el asunto. A regañadientes, Snape dijo:
- El Señor Oscuro no cree que Draco lo consiga. Esto es simplemente un castigo por las recientes faltas de Lucius. Una tortura lenta para los padres de Draco, mientras ven como este falla y paga el precio.
- En otras palabras, el chico también está condenado por una sentencia de muerte, al igual que yo – dijo Dumbledore – Ahora, creo saber que el sucesor natural del trabajo, cuando Draco falle, eres tú.
Hubo una pequeña pausa.
- Ese, según creo, es el plan del Señor Oscuro.
- ¿Lord Voldemort predice que en un momento no muy lejano no necesitará un espía en Hogwarts?
- Cree que la escuela pronto estará bajo su control, sí.
- Y si realmente cayera bajo su control – dijo Dumbledore, casi, según parecía, al aire - ¿Tengo tu palabra de que harás todo lo esté en tus manos para proteger a los estudiantes de Hogwarts?
Snape asintió firmemente.
- Bien. Ahora, tu primera prioridad es descubrir que es lo Draco trama. Un adolescente asustado es tan peligroso para el resto como para sí mismo. Ofrécele ayuda y guía, él aceptará, tú le agradas…
- … mucho menos desde que su padre perdió la confianza. Draco me culpa, cree que yo tomé el lugar de Lucius.
- De todas formas, intentalo. Me preocupo más por las posibles víctimas de cualquier ataque que se le ocurra al chico que por mí mismo. En último caso, por supuesto, sólo hay una cosa que hacer para salvarlo de la ira de Lord Voldemort.
Snape alzó las cejas y su tono de voz era sardónico al preguntar:
- ¿Piensas dejar que Voldemort te mate?
- Por supuesto que no. Tú debes matarme.
Hubo un largo silencio, interrumpido sólo por un extraño ruido de algo rompiéndose. Fawkes, el fénix, masticaba un poco de cuttlebone.
- ¿Quiere que lo haga ahora? – preguntó Snape, con la voz cargada de ironía - ¿O le doy algunos minutos para que componga su epitafio?
- Oh, todavía no– respondió Dumbledore, sonriendo – Me atrevería a decir que el momento se presentará solo en el transcurso de los acontecimientos. Dado lo que ha ocurrido esta noche – indicó su mano calcinada – podemos estar seguros que pasará durante este año.
- Si no le importa morir – dijo Snape con rudeza - ¿Por qué no deja que Draco lo haga?
- El alma de ese chico aún no está tan dañada – dijo Dumbledore – no dejaré que se rompa por mi culpa.
- ¿Y mi alma, Dumbledore? ¿Y la mía?
- Tú eres el único que sabe si tu alma se dañará al ayudar a un viejo a evitar el dolor y la humillación – dijo Dumbledore – Te pido este gran favor a ti, Severus, porque la muerte vendrá por mi con tanta certeza como los Chudley Cannons serán los últimos de la liga este año. Confieso que prefiero una salida rápida y sin dolor a la larga y caótica situación en la que me vería si, por ejemplo, Greyback está involucrado (¿Oí que Voldemort lo reclutó?) o la querida Bellatrix, a quien le gusta gusta jugar con su comida antes de comérsela.
Su tono de voz era ligero, pero sus ojos azules atravesaban a Snape al igual que tantas otras veces habían atravesado a Harry, como si pudieran ver el alma sobre la cual estaban discutiendo. Al fin, Snape volvió a asentir con firmeza. Dumbledore pareció satisfecho.
- Gracias, Severus…
La oficina desapareció, y ahora Snape y Dumbledore caminaba juntos por los vacíos patios de la escuela a media luz.
- ¿Qué hace con Potter, todas esas tardes que pasan encerrados juntos? – preguntó Snape abruptamente.
Dumbledore parecía cansado.
- ¿Por qué? ¿No tratarás de ponerle más castigos, Severus? El chico pronto pasará más tiempo castigado que fuera.
- Está actuando como su padre otra vez…
- En apariencia, tal vez, pero su naturaleza es mucho más parecida a la de su madre. Paso mucho tiempo con Harry porque debo discutir algunas cosas con él, información que debo darle antes de que sea demasiado tarde.
- Información – repitió Snape – Confía en él… no confía en mí.
- No es un asunto de confianza. Poseo, como ambos sabemos, un tiempo limitado. Es esencial que le de suficiente información como para que haga lo que necesita hacer.
- ¿Y por qué no puedo recibir yo la misma información?
- Prefiero no poner todos mis secretos en el mismo cesto, especialmente si ese cesto pasa tanto tiempo colgando del brazo de Lord Voldemort.
- ¡Lo hago bajo sus órdenes!
- Y lo haces muy bien. No creas que no estimo el constante peligro al que te expones, Severus. Entregarle a Voldemort información que parece valiosa mientras guardamos lo esencial es un trabajo que no le confiaría a nadie más que a ti.
- ¡Y aún así, confía mucho más en un chico que es incapaz de aprender Oclumancia, cuya magia es mediocre, y que tiene una conexión directa con la mente del Señor Oscuro!
- Voldemort le teme a esa conexión – dijo Dumbledore – No hace mucho, tuvo una pequeña lección sobre lo que realmente significa para él compartir la mente de Harry. Fue un dolor que nunca antes había experimentado. No volverá a tratar de poseer a Harry, estoy seguro. No de esa forma.
- No entiendo.
- El alma de Voldemort, tan desfigurada como se encuentra, no puede soportar el contacto con un alma como la de Harry. Es como una navaja de acero congelado, como la carne en llamas…
- ¿Almas? ¡Estamos hablando de mentes!
- En el caso de Harry y Lord Voldemort, hablar de una cosa es lo mismo que hablar de la otra.
Dumbledore miró a su alrededor para asegurarse de que estuvieran solos. Estaban cerca del Bosque Prohibido, pero no había señal alguna de alguien cerca de ellos.
- Después de que me hayas matado, Severus…
- ¡A pesar de que rehúsa contarme todo, espera ese pequeño servicio de mi parte! – gritó Snape, y una furia verdadera apareció en su delgada cara – ¡Toma algo tan importante como si estuviera garantizado, Dumbledore! ¡Tal vez he cambiado de idea!
- Me diste tu palabra, Severus. Y ya que hablamos de servicios que me debes, pensé que habías aceptado mantener vigilado a nuestro joven amigo de Slytherin.
Snape estaba furioso, desafiante. Dumbledore suspiró.
- Ven a mi oficina esta noche, Severus, a las once, y no podrás quejarte de que no confío en ti…
De nuevo estaban en la oficina de Dumbledore, las ventanas oscuras y Fawkes sentado en silencio, mientras Snape permanecía rígido y Dumbledore caminaba a su alrededor hablando.
- Harry no debe enterarse, no hasta el último momento, no hasta que sea necesario, de otra forma, ¿cómo tendría la fuerza necesaria para hacer lo tiene que hacer?
- Pero, ¿qué debe hacer?
- Eso el algo entre Harry y yo. Ahora escucha con atención, Severus. Llegará un momento… después de mi muerte… ¡no discutas, no me interrumpas! Llegará un momento en el que Lord Voldemort parecerá temer por la vida de su serpiente.
- ¿Nagini? – Snape parecía atónito.
- Precisamente. Cuando Lord Voldemort deje de enviar a su serpiente a cumplir sus órdenes, y la mantenga segura junto a él bajo protección mágica, entonces, creo, será seguro decirselo a Harry.
- ¿Decirle qué?
Dumbledore respiro profundamente y cerró los ojos.
- Decirle que la noche en que Voldemort trató de matarlo, cuando Lily puso su propia vida entre ellos, como un escudo, la Maldición Asesina rebotó en Lord Voldemort, y un fragmento del alma de Voldemort se apartó del resto, y fue a caer en la única alma viviente que quedaba en ese lugar. Parte de Lord Voldemort vive dentro de Harry, y eso es lo que le da el poder de hablar con las serpientes, y la conexión con la mente de Voldemort que nunca ha sido capaz de entender. Y mientras ese fragmento de alma, perdido por Lord Voldemort, permanezca adjunto y protegido por Harry, Lord Voldemort no puede morir.
A Harry le pareció que veía a los dos hombres desde el final de un largo túnel, lejos de él, con sus voces formando ecos en sus oídos.
- ¿Así que el chico… el chico debe morir? – preguntó Snape, con calma.
- Y debe hacerlo Voldemort, Severus. Eso es esencial.
Otro silencio interminable. Luego Snape dijo:
-Pensé… que todos estos años… lo estábamos protegiendo por ella. Por Lily.
-Lo hemos protegido porque es esencial enseñarle, educarle, dejarle que pruebe su fuerza – dijo Dumbledore, con los ojos aún cerrados – Mientras tanto, la conexión entre ellos se hace cada vez más fuerte, se desarrolla como un parásito. A veces creo que él mismo lo sospecha. Si le conozco bien, él lo habra arreglado todo para que cuando salga a enfrentar su muerte, esta realmente signifique el fin de Voldemort.
Dumbledore abrió los ojos. Snape estaba horrorizado.
- ¿Lo has mantenido vivo para que muera en el momento correcto?
- No te sorprendas, Severus. ¿Cuántos hombres y mujeres has visto morir?
- Últimamente, sólo a aquellos a los que no he podido salvar – dijo Snape, poniéndose de pie – Me has utilizado.
- ¿Qué quieres decir?
- He espiado y mentido por ti, me he puesto en peligro mortal por ti. Se supone que todo esto era para mantener a salvo al hijo de Lily Potter. Y ahora me dices que le has estado criando como a un cerdo para el matadero…
- Esto es conmovedor, Severus – dijo Dumbledore seriamente - ¿Te has encariñado con el chico, después de todo?
- ¿De él? – gritó Snape – Especto Patronum!
De la punta de su varita salió una sombra plateada. Aterrizó en el piso de la oficina, voló a través de ella, y escapó por la ventana. Dumbledore la observó alejarse volando, y mientras su brillo plateado se desvanecía le dio la espalda a Snape, con los ojos llenos de lágrimas.
- ¿Después de todo este tiempo?
- Siempre – dijo Snape.
Y la escena cambió. Ahora, Harry observó a Snape hablándole al portarretrato de Dumbledore detrás del escritorio.
- Tendrás que darle a Voldemort el día correcto de la salida de Harry de la casa de su tía y tío – dijo Dumbledore – No hacerlo levantaría muchas sospechas, pues Voldemort cree que estás muy bien informado. Sin embargo, debes planear las distracciones; eso, según creo, asegurará la seguridad de Harry. Trata de confundir a Mundungus Fletcher. Y, Severus, si te obligan a formar parte de la persecución, asegúrate de actuar convincentemente… cuento con que mantengas la confianza de Lord Voldemort tanto tiempo como sea posible, o Hogwarts quedará a la merced de los Carrow…
Ahora Snape estaba frente a frente con Mundungus en una taberna desconocida. La cara de Mundungus estaba curiosamente pálida, y la de Snape fruncida de concentración.
- Sugerirás a la Orden del Fénix – murmuró Snape – utilizar distracciones. La Poción Multijugos. Potters idénticos. Es lo único que podría funcionar. Olvidarás que yo te sugerí esto. Creerás que fue tu idea. ¿Entiendes?
- Entiendo – murmuró Mundungus, sus ojos desenfocados…
Ahora Harry volaba en una escoba junto a Snape, en una oscura noche despejada. Estaba acompañado por otros Mortífagos encapuchados, y adelante estaban Lupin y un Harry que en realidad era George… un Mortífago que estaba delante de Snape levantó su varita, apuntando directamente a la espalda de Lupin.
- Sectumsempra! – gritó Snape.
Pero el hechizo, dirigido a la mano del Mortífago que llevaba la varita, en vez de darle a él golpeó a George…
Y luego Snape estaba de rodillas en la vieja habitación de Sirius. Las lágrimas caían del final de la ganchuda nariz, mientras leía la vieja carta de Lily. La segunda página contenía sólo unas pocas palabras.
…pudo haber sido amiga de Gellert Grindelwald. ¡Creo que ha perdido un poco la razón!

Con amor,
Lily.

Snape tomó la página que tenía la firma de Lily, y su amor, y la guardó en su túnica. Luego rompió en dos la fotografía que también sujetaba, y guardó la parte en la que Lily se reía, tirando al suelo el pedazo en el que se veía a James y Harry, debajo de una cajonera…
Y ahora Snape estaba nuevamente en la oficina del director, mientras Phineas Nigellus llegaba corriendo a su retrato.
- ¡Director! ¡Están acampando en el Bosque de Dean! La sangre sucia…
- ¡No uses esa palabra!
- ¡… la chica Granger, entonces, mencionó el lugar mientras abría su bolsa y la escuché!
- ¡Bien, muy bien! – exclamó el portarretrato de Dumbledore detrás de la silla del director - ¡Ahora, Severus, la espada! ¡No olvides que debe ser tomada bajo circunstancias de necesidad y valor, y que él no debe saber que tú se la diste! Si Voldemort realmente puede leer la mente de Harry y te ve ayudándolo…
- Lo sé – dijo Snape, cortante. Se aproximó al portarretrato de Dumbledore y lo hizo a un lado. Se movió hacia el frente, revelando una cavidad escondida al reverso, de la cual sacó la espada de Gryffindor.
- ¿Y aún así no me dirá porqué es tan importante darle la espada a Potter? – dijo Snape, mientras echaba una capa de viaje sobre sus hombros.
- No, no lo creo – dijo el retrato de Dumbledore – Él sabe que hacer con ella. Y, Severus, sé muy cuidadoso, no serán muy amables con tu llegada después del accidente con George Weasley…
Snape se giró hacia la puerta.
- No se preocupe, Dumbledore – dijo fríamente – Tengo un plan…
Y Snape dejó la habitación. Harry salió del Pensadero, y en unos momentos se encontró en el suelo alfombrado en la misma habitación cuya puerta Snape podría haber cerrado hace sólo unos momentos.
Leer el Capitulo

Capitulo 32: La Varita de Saúco


El mundo había acabado, así pues ¿por qué la batalla no había cesado, el castillo caído en silencioso horror, y cada combatiente depuesto las armas? La mente de Harry caía en picado, girando fuera de control, incapaz de comprender la imposibilidad, porque Fred Weasley no podía estar muerto, lo que evidenciaban todos sus sentidos debía ser mentira... Y entonces un cuerpo cayó pasando por el hueco que había a un lado del colegio y las maldiciones volaron hacia ellos desde la oscuridad, golpeando la pared tras sus cabezas.
—¡Al suelo! —gritó Harry, mientras más maldiciones volaban a través de la noche. Ron y él agarraron a Hermione y la tiraron al suelo, pero Percy se colocó sobre el cuerpo de Fred, protegiéndolo de más daños, y cuando Harry gritó —¡Percy, vamos, tenemos que irnos! —negó con la cabeza.
-¡Percy! -Harry vio rastros de lágrimas barriendo la capa de mugre del rostro de Ron mientras agarraba a su hermano mayor por los hombros y tiraba, pero Percy no se movía. —¡Percy, no puedes hacer nada más por él! Vamos a...
Hermione chilló, y Harry, volviéndose, no necesitó preguntar por qué. Una monstruosa araña del tamaño de un coche pequeño estaba intentando escalar a través del enorme agujero en la pared. Uno de los descendientes de Aragog se había sumado a la contienda.
Ron y Harry gritaron juntos, sus hechizos chocaron y el monstruo voló hacia atrás desapareciendo en la oscuridad, con las patas sacudiéndose horriblemente.
—¡Ha traído amigos! —gritó Harry a los demás, mirando sobre el borde del castillo a través del agujero que las maldiciones habían hecho en la pared. Más arañas gigantes estaban trepando por el lateral del edificio liberadas del Bosque Prohibido, en el que los motifagos debían haber penetrado. Harry lanzó Hechizos Aturdidores sobre ellas, tirando al primer monstruo encima de sus compañeros, por lo que rodaron nuevamente fuera del edificio y se perdieron de vista. Entonces llegaron más maldiciones volando por encima de la cabeza de Harry, tan cerca que sintió que su estela le movía el pelo.
—¡Vámonos, AHORA!.
Empujando a Hermione delante de él con Ron, Harry se detuvo para agarrar el cuerpo de Fred por debajo de la axila. Percy, dándose cuenta de lo que Harry estaba intentando hacer, dejo de aferrarse al cuerpo y le ayudó, y juntos, agachándose para esquivar las maldiciones que volaban hacia ellos desde los jardines, arrastraron a Fred fuera del camino.
—Aquí —dijo Harry, y lo colocaron en un nicho donde anteriormente había habido una armadura. No podía soportar mirar a Fred un segundo más de lo necesario, y después de asegurarse de que el cuerpo estaba bien oculto, marchó detrás de Ron y Hermione. Malfoy y Goyle habían desaparecido pero al final del corredor que ahora estaba lleno de polvo, mampostería que se desmoronaba y cristales que hacía tiempo habían caído de las ventanas, vio a mucha gente corriendo de un lado a otro, aunque no podría asegurar si eran amigos ó enemigos. Al doblar la esquina, Percy soltó un rugido como el de un toro: —¡ROOKWOOD!— y corrió en dirección a un hombre alto que estaba persiguiendo a una pareja de estudiantes.
—¡Harry, aquí dentro! —gritó Hermione.
Había arrastrado a Ron detrás de un tapiz. Parecían estar luchando, y por un loco segundo Harry pensó que estaban abrazándose de nuevo, pero entonces vio que Hermione estaba intentando contener a Ron, impidiendo que corriera tras Percy.
—Escúchame... ¡ESCÚCHAME RON!
—Quiero ayudar... Quiero matar mortifagos...
Su cara estaba desencajada, manchada de polvo y humo, y temblaba de furia y dolor.
—¡Ron, somos los únicos que podemos terminar con esto! Por favor... Ron... necesitamos la serpiente, ¡tenemos que matar a la serpiente! —dijo Hermione
Pero Harry sabía como se sentía Ron. Perseguir otro Horrocrux no podía darle la satisfacción de la venganza; él también quería pelear, castigarlos, a la gente que había matado a Fred, y quería encontrar a los otros Weasley, y sobre todo asegurarse, asegurarse completamente, de que Ginny no estaba... pero no podía permitir que esa idea se formara en su mente...
—¡Lucharemos! —dijo Hermione— ¡Debemos hacerlo, para poder llegar a la serpiente!¡Pero no perdamos de vista ahora lo que se supone que deberíamos estar haciendo! ¡Somos los únicos que podemos terminarlo!
Ella estaba llorando también, y mientras hablaba se limpió el rostro con la rota y chamuscada manga, pero jadeando, tomó grandes bocanadas de aire para calmarse a si misma y aún aferrando con fuerza el brazo de Ron, se volvió hacia Harry.
—Debes descubrir donde está Voldemort, porque tendrá la serpiente con él, ¿no es verdad? ¡Hazlo Harry...mira dentro de él!
Por no era tan fácil ¿Por eso su cicatriz había estado quemando durante horas, anhelando mostrarle los pensamientos de Voldemort? Cerró los ojos ante la orden, y enseguida, los gritos, los estallidos y los demás ruidos discordantes de la batalla se apagaron hasta hacerse distantes, como si estuviera lejos, muy lejos de ellos...
Estaba de pie en medio de una desolada pero extrañamente familiar habitación, con papel rasgado cubriendo las paredes y todas las ventanas tapiadas excepto una. Los ruidos del asalto al castillo se oían amortiguados y distantes. La única ventana que no estaba tapiada revelaba distantes estallidos de luz que provenían del castillo, pero el interior de la habitación estaba oscuro excepto por una solitaria lámpara de aceite.
Estaba haciendo rodar la varita entre los dedos, mirándola, sus pensamientos centrados en la habitación del castillo, la habitación secreta que únicamente él había encontrado. Para descubrir la habitación, igual que la cámara, tenías que ser inteligente, astuto y curioso... estaba seguro de que el muchacho no encontraría la diadema... aunque la marioneta de Dumbledore había llegado mucho más lejos de lo que hubiera imaginado... demasiado lejos...
—Mi señor -dijo una voz, desesperada y enronquecida. Se dio la vuelta. Allí estaba Lucius Malfoy sentado en la esquina más oscura, harapiento y todavía llevando las marcas del castigo que había recibido después de la última escapada del muchacho. Uno de sus ojos permanecía cerrado e hinchado. —Mi Señor... por favor... mi hijo...
—Si tu hijo está muerto, Lucius , no es culpa mía. No vino a unirse a mí como el resto de los Slytherin. ¿Quizás ha decidido hacerse amigo de Harry Potter?
—No... nunca —susurró Malfoy
—Mejor que no sea así.
—¿No...no tenéis miedo, mi Señor, de que Potter pueda morir a otras manos que sean las vuestras? —preguntó Malfoy, temblándole la voz. —¿No sería...disculpe el atrevimiento... más prudente...dar por terminada esta batalla, entrar en el castillo, y buscarle usted m-mismo?
—No finjas, Lucius. Deseas que la batalla cese para poder averiguar que le ha ocurrido a tu hijo. Y yo no necesito ir a buscar a Potter. Antes de que la noche acabe, Potter habrá venido a en mi busca.
Voldemort bajó una vez más la mirada a la varita que tenía entre los dedos. Le inquietaba... y aquellas cosas que inquietaban a Lord Voldemort debían ser remediadas...
—Vé y trae a Snape.
—¿Snape, m...mi señor?
—Snape. Ahora. Lo necesito. Hay un... trabajo... que necesito de él. Ve.
Asustado, tropezando un poco en la penumbra, Lucius dejó la habitación. Voldemort continuó allí de pie, girando la varita entre los dedos, mirándola fijamente.
—Es el único camino, Nagini —susurró. Miró alrededor y ahí estaba la gran y gruesa serpiente, ahora suspendida en medio del aire, girando grácilmente dentro del mágicamente protegido espacio que había fabricado para ella, una resplandeciente esfera transparente que parecía algo a medio camino entre una brillante caja y un tanque.
Con un suspiro, Harry se retiró y abrió los ojos, en ese mismo momento sus oídos fueron asaltados con los aullidos y gritos, los estruendos y estallidos de la batalla.
—Está en la Casa de los Gritos. La serpiente está con él, tiene alguna clase de protección mágica alrededor. Acaba de enviar a Lucius Malfoy a buscar a Snape.
—¿Voldemort sentado en la Casa de los Gritos?—dijo Hermione ultrajada —¿no... ni siquiera está PELEANDO?
—No cree que necesite pelear —dijo Harry. Cree que voy a ir a por él.
—¿Por qué?
—Sabe que voy detrás de los Horrocruxes... está reteniendo a Nagini cerca de él...obviamente voy a tener que ir hasta él para acercarme a esa cosa...
—Vale —dijo Ron, cuadrando los hombros —Entonces no puedes ir, eso es lo que él quiere, lo que está esperando. Quédate aquí y cuida de Hermione, y yo iré y la conseguiré...
Harry atajó a Ron.
—Vosotros dos os quedáis aquí, yo iré bajo la Capa y volveré tan pronto como...
—No —dijo Hermione-, tiene mucho más sentido si yo cojo la Capa y...
—Ni lo pienses —le gruñó Ron.
Antes de que Hermione pudiera llegar más lejos de, “Ron, yo soy tan capaz...” el tapiz en lo alto de la escalera en que permanecían se desgarro.
—¡POTTER!
Dos mortifagos encapuchados estaban allí de pie, pero incluso antes de que su varitas estuvieran completamente alzadas, Hermione gritó ¡Glisseo!
Las escaleras se allanaron bajo sus pies formando un tobogán y ella, Harry y Ron se precipitaron hacia abajo, incapaces de controlar su velocidad pero tan rápido que los Hechizos Aturdidores de los mortífagos volaron muy por encima de sus cabezas. Pasaron disparados a través del tapiz que había al pie de las escaleras y rodaron por el suelo, chocando contra la pared opuesta.
¡Duro! gritó Hermione apuntando su varita al tapiz, y se oyeron dos fuertes y espeluznantes crujidos cuando el tapiz se volvió de piedra y los mortifagos que los perseguían chocaron contra él.
¡Echaos atrás! gritó Ron, y él, Harry y Hermione se arrojaron contra una puerta mientras una manada de pupitres galopantes pasaban retumbando, pastoreados por una precipitada Profesora McGonagall. Ella no pareció fijarse en ellos. Llevaba el cabello suelto y había una herida en su mejilla. Mientras giraba la esquina, oyeron su grito ¡CARGUEN!
Harry, ponte la Capa dijo Hermione Olvídate de nosotros...
Pero él la arrojó sobre los tres; aunque eran demasiado altos, dudaba de que alguien fuera a notar sus incorpóreos pies a través del polvo que llenaba el aire, las piedras que se desmoronaban y el resplandor de los hechizos. Bajaron corriendo el siguiente tramo de escaleras y se encontraron en un corredor lleno de duelistas. Los retratos a ambos lados de los luchadores estaban abarrotados de figuras gritando consejos y dando ánimos, mientras los mortifagos, tanto encapuchados como no, se batían a duelo con estudiantes y profesores. Dean había logrado hacerse con una varita, por lo que estaba cara a cara con Dolohov, Parvati con Travers. Harry, Ron y Hermione levantaron sus varitas a la vez, listos para golpear, pero los duelistas estaban tan entremezclados y compenetrados que si lanzaban maldiciones había una fuerte probabilidad de herir a uno de su propio bando. Mientras aguardaban preparados esperando la oportunidad de actuar, les llegó un gran ¡Wheeeee! y mirando hacia arriba, Harry vio a Peebes que pasaba zumbando sobre ellos, dejando caer tubercolos Snargaluff pods encima de los mortifagos, cuyas cabezas fueron repentinamente engullidas por serpenteantes tubérculos verdes que parecían gusanos gordos.
¡ARGH!.
Un puñado de tubérculos había caído sobre la Capa en la cabeza de Ron. Las húmedas raíces verdes quedaron improbablemente suspendidas en medio del aire mientras Ron intentaba sacudirlas para quitárselas de encima.
¡Allí hay alguien invisible! gritó un mortifago encapuchado, señalándolos.
Dean aprovechó al máximo la momentánea distracción del mortifago, dejándole fuera de combate con un hechizo Aturdidor; Dolohov intentó desquitarse y, Parvati le disparó una Maldición de Cuerpo Atado.
!VAMOS¡ aulló Harry, y él, Ron y Hermione aferraron firmemente la Capa, envolviéndose en ella y se apresuraron, con las cabezas bajas, a pasar en medio de los luchadores, resbalando un poco en charcos de jugo de Snargaluff, dirigiéndose hacia lo alto de la escalera de mármol que conducía al hall de entrada.
¡Soy Draco Malfoy, soy Draco Malfoy, estoy de vuestra parte!
Draco estaba en el rellano superior, suplicando a otro mortifago encapuchado. Al pasar, Harry aturdió al mortifago. Malfoy miro a su alrededor sonriendo a su salvador, y Ron le golpeó por debajo de la Capa. Malfoy cayó hacia atrás sobre el mortifago, con la boca sangrando y completamente aturdido.
¡Esta es la segunda vez que salvamos tu vida esta noche, bastardo hipócrita! gritó Ron.
Había más duelistas sobre las escaleras y por todo el hall. Había mortifagos allá donde Harry mirara. Yaxley, cerca de las puertas de entrada, combatiendo con Flitwick; justo al lado de ellos, un mortifago encapuchado peleaba con Kingsley. Los estudiantes corrían en todas direcciones; algunos llevando o arrastrando a amigos heridos. Harry dirigió un Hechizo Aturdidor hacia el Mortifago encapuchado, falló pero casi hiere a Neville, que había salido de la nada blandiendo brazadas de Tentáculos Venenosos que serpentearon felizmente alrededor del mortifago más cercano y comenzaron a envolverle.
Harry, Ron y Hermione se apresuraron a alcanzar la escalera de mármol. A su izquierda un cristal se hizo añicos y el reloj de arena de Slytherin que llevaba la cuenta de los puntos de la Casa derramó sus esmeraldas por todas partes, por lo que la gente se resbalaba y se tambaleaba mientras corría. En el momento en que llegaban a los terrenos vieron caer dos cuerpos desde la galería de arriba y un contorno gris que Harry tomó por un animal corrió a toda prisa a cuatro patas a través del hall para hundir los dientes en uno de los caídos.
¡No!  chilló Hermione, y con una ensordecedora ráfaga de su varita, Fenrir Greyback fue derribado hacia atrás lejos del débil y desplomado cuerpo de Lavender Brown. Greyback golpeó la barandilla de mármol y luchó por volver a levantarse. Entonces, con un blanco y brillante destello y un crujido, una bola de cristal cayó en lo alto de su cabeza, y se desplomó en el suelo para ya no volver a moverse.
¡Tengo más! gritó la Profesora Trelawney por encima de la barandilla ¡Más para quien las quiera! Aquí...
Y con un movimiento como en un servicio de tenis, levantó otra enorme esfera de cristal del bolso, agitó su varita a través del aire, e hizo que la bola corriera a través del hall y se estrellara contra una ventana. Al mismo tiempo, las puertas de entrada de pesada madera se abrieron de golpe, y más de esas gigantescas arañas forzaron su camino hasta el hall de entrada.
Gritos de terror rasgaron el aire y los combatientes se dispersaron. Mortifagos y Hogwartianos por igual, y rojos y verdes chorros de luz volaron entre los monstruos que se aproximaban, que vibraron y se alzaron, más aterradores que nunca.
¿Cómo salimos? gritó Ron por encima de los aullidos, pero antes de que Harry ó Hermione pudieran responder fueron lanzados a un lado.
Hagrid venía bajando las escaleras, bramando y blandiendo su florido paraguas rosa.
¡No las lastiméis, no las lastiméis!gritó.
¡HAGRID, NO!
Harry olvidó todo lo demás, salió corriendo velozmente quitándose la Capa, corriendo inclinado para evitar las maldiciones que iluminaban todo el hall.
¡HAGRID, VUELVE AQUÍ!
Pero ni siquiera estaba a medio camino del lugar donde se hallaba Hagrid cuando vio lo que ocurría. Hagrid desapareció en medio de las arañas, y con gran apresuramiento y un repugnante movimiento hormigueante, estas retrocedieron bajo el furioso ataque de las maldiciones, con Hagrid enterrado en medio de ellas.
¡HAGRID!
Harry oyó a alguien gritando su nombre, si era amigo ó enemigo no le importaba, bajaba corriendo las escaleras principales hacia los oscuros jardines, y las arañas se iban amontonando como hormigas en su presa, y no podía ver nada de Hagrid en absoluto.
¡HAGRID!
Creyó haber distinguido un enorme brazo agitándose en el medio del hormiguero de arañas. Pero cuando intentaba correr tras ellas, su camino fue obstaculizado por un pie colosal, que salió de la oscuridad e hizo estremecerse la tierra en la que se encontraba. Levantó la vista. Un gigante estaba de pie ante él. Medía veinte pies de altura, su cabeza estaba oculta entre las sombras, solamente se distinguían las espinillas peludas que parecían árboles, iluminadas por la luz de las puertas del castillo. Con un brutal y fluido movimiento, incrustó un macizo puño atraves de una ventana que había sobre Harry, y el cristal llovió sobre él, obligándole a retroceder buscando la protección del portal.
—¡Oh, mi...!— gritó Hermione, cuando ella y Ron alcanzaron a Harry y miraron hacia arriba al gigante que ahora intentaba coger gente a través de la ventana superior.
—¡NO LO HAGAS!— gritó Ron, cogiendo la mano de Hermione cuando levantaba su varita.
—Atúrdelo y aplastará la mitad el castillo...
—¿HAGGER?
Grawp llegó tambaleándose doblando una de las esquinas del castillo. Solo ahora se daba cuenta Harry de que Grawp era, en realidad, un gigante demasiado pequeño. El gigantesco monstruo que intentaba aplastar a la gente en los pisos superiores giró en redondo y soltó un rugido.
Los escalones de piedra temblaron cuando los pisoteó para ir tras de su pariente más pequeño, y la boca torcida de Grawp se abrió, mostrando dientes amarillos del tamaño de medio ladrillo. Entonces se lanzaron uno contra otro con la ferocidad de leones salvajes.
—!CORRAN!— rugió Harry, la noche estaba llena de espantosos chillidos y golpes mientras los gigantes luchaban a brazo partido. Buscó la mano de Hermione y bajó los escalones hacia los jardines, con Ron cerrando la marcha. Harry no había perdido la esperanza de encontrar y salvar a Hagrid; corría tan rápido que estaban a mitad de camino hacia el bosque antes de que se vieran obligados a detenerse en seco otra vez.
El aire a su alrededor se había congelado. Harry contuvo el aliento que se le solidificó en el pecho. Había siluetas moviéndose en la oscuridad, figuras de negrura concentrada que se arremolinaban, moviéndose en una gran ola hacia el castillo, sus caras estaban encapuchadas y sus respiraciones eran ruidosas...
Ron y Hermione lo rodearon mientras los sonidos de peleas tras ellos enmudecían repentinamente, refrenados, porque un silencio que solo los Dementores podían traer estaba cayendo densamente sobre la noche, y Fred se había ido, y seguramente Hagrid estaba muriendo ó ya muerto...
—¡Vamos , Harry! —dijo la voz de Hermione desde una larga distancia. ¡Patronus, Harry, vamos!
Levantó la varita, pero una pesada desesperanza estaba extendiéndose a través de él. ¿Cuántos más habrían muerto, y él aún no lo sabía? Sentía como si ya su alma hubiera abandonado su cuerpo a medias...
—¡HARRY, VAMOS! —gritó Hermione.
Un centenar de Dementores estaban avanzando, deslizándose hacia ellos, absorbiendo al avanzar, acercándose a la desesperanza de Harry, que era como la promesa de un banquete...
Vio como el terrier plateado de Ron irrumpía violentamente en el aire, destellaba tenuemente, y expiraba; vio girar la nutria de Hermione en mitad del aire para desvanecerse, y su propia varita tembló en su mano, y casi le daba la bienvenida al olvido que se aproximaba, la promesa de la nada, de no sentir...
Y entonces una liebre plateada, un cerdo y un zorro se elevaron por encima de las cabezas de Harry, Ron y Hermione. Los Dementores retrocedieron ante la aproximación de las criaturas. Tres personas más habían salido de la oscuridad colocándose junto a ellos, con sus varitas extendidas para seguir proyectando el Patronus: Luna, Ernie y Seamus.
—Esta bien —dijo Luna en tono alentador, como si estuvieran nuevamente en la Sala de Menesteres y esto fuera simplemente un ejercicio de práctica de hechizos para el ED Está bien, Harry... vamos piensa en algo feliz...
—¿Algo feliz? —dijo él, la voz enronquecida.
—Todos estamos aquí aún —susurró ella— todavía estamos luchando. Vamos, hazlo...
Se produjo una chispa plateada, después una luz vacilante, y luego, con el mayor esfuerzo que nunca le hubiera costado, el ciervo prorrumpió desde la punta de la varita de Harry. Fue a medio galope hacia delante, y entonces los Dementores se dispersaron en serio, e inmediatamente la noche se volvió templada de nuevo, aunque el sonido de la batalla circundante sonaba alto en sus oídos.
—No podemos agradecéroslo lo suficiente —dijo Ron con voz temblorosa, volviéndose hacia Luna, Ernie y Seamus— nos acabáis de salvar...
Con un rugido y un temblor como el de un terremoto, otro gigante emergió tambaleándose de la oscuridad proveniente de los bosques, blandiendo una porra más alta que cualquiera de ellos.
—¡CORRAN! —gritó Harry de nuevo, pero los otros no necesitaban que se lo dijera. Todos se dispersaron, y ni un segundo demasiado pronto, ya que al momento siguiente el enorme pie de la criatura había caído exactamente donde ellos habían estado. Harry echó una mirada alrededor, Ron y Hermione le seguían, pero los otros tres habían desaparecido en el fragor de la batalla.
—¡Salgamos fuera de su alcance! —aulló Ron mientras el gigante movía su porra de nuevo y sus rugidos resonaban a través de la noche, cruzando los jardines, donde explosiones de luz roja y verde continuaban iluminando la oscuridad.
—¡Al Sauce boxeador —dijo Harry— vamos!
De alguna manera lo encerró todo en la mente, lo embutió en un pequeño espacio en el que no miraría ahora: pensamientos sobre Fred y Hagrid, y el terror que sentía por todas las personas a las que amaba, dispersados dentro y fuera del castillo; todos debían esperar, porque tenían que correr, tenían que llegar a la serpiente y a Voldemort, porque esa era, como había dicho Hermione, la única forma de terminar con todo...
Corrió rápido, medio creyendo que podría dejar atrás a la muerte, ignorando las llamaradas de luz que volaban en la oscuridad a su alrededor, el sonido del lago rompiendo como el mar, y el crujir del Bosque Prohibido aunque esa noche no había viento, a través de jardines que parecían haberse alzado en rebelión, corrió mas rápido de lo que nunca se había movido en su vida.
Y fue el primero en ver el gran árbol, el Sauce que protegía el secreto de sus raíces con ramas que fustigaban como látigos.
Resollando y jadeando, Harry redujo la marcha, esquivando las ramas del sauce boxeador, escudriñando a través de la oscuridad hacia el marcado tronco, intentando ver el único nudo en la corteza del viejo árbol que podía paralizarlo. Ron y Hermione lo alcanzaron, Hermione estaba tan falta de aliento que no podía hablar.
—¿Cómo... cómo vamos a colarnos? —jadeó Ron. Puedo...ver el lugar... si tuviéramos... otra vez a Crookshank...
—¿Crookshanks? —resolló Hermione, doblada por la mitad, aferrándose el pecho.
—¿Eres un mago ó qué?
—Oh... vale...si...
Ron echó un vistazo alrededor, luego dirigió su varita hacia una ramita en el suelo y dijo —¡Winguardium Leviosa!. —la ramita se elevó desde el suelo, giró a través del aire como cogida por una ráfaga de viento, después se acerco rápida y directa al tronco pasando a través de las amenazadoras ramas oscilantes del Sauce. Golpeó un lugar cerca de las raíces, e inmediatamente el serpenteante árbol se quedó quieto.
—¡Perfecto! —resolló Hermione
—Espera.
Por un incierto segundo, mientras los estallidos y truenos de la batalla llenaban el aire, Harry vaciló.
Voldemort quería que hiciera esto, quería que fuera... ¿Estaba guiando a Ron y Hermione a una trampa? Pero la realidad parecía cerrarse a su alrededor, cruel y evidente. La única forma de progresar era matar a la serpiente, y la serpiente estaba donde estaba Voldemort y Voldemort estaba al final de ese túnel...
—¡Harry, vamos a ir contigo, entra ahí! —dijo Ron, empujándole hacia delante.
Harry culebreó por el terroso pasaje oculto entre las raíces del árbol. Había mucho menos espacio del que había habido la última vez que habían entrado. El túnel era de techo bajo: habían tenido que doblarse sobre sí mismos para moverse a través de él casi cuatro años atrás; ¡ahora no había otra forma de hacerlo más que arrastrándose! Harry iba primero, con la varita iluminada, esperando encontrar barreras en cualquier momento, pero no había ninguna. Se movían en silencio, la mirada de Harry estaba fija en el oscilante haz de la varita que aferraba en el puño. Al fin, el túnel empezó a elevarse y Harry vio una tira de luz al frente. Hermione tiró de su tobillo.
—¡La Capa! —susurró— ¡Ponte la Capa!
Tanteó hacia atrás y ella embutió el bulto de escurridiza tela en su mano libre. Con dificultad la pasó sobre sí mismo, murmuró, — Nox —, extinguiendo la luz de la varita , y continuó sobre manos y rodillas, tan silenciosamente como le fue posible, con todos sus sentidos esforzándose al máximo, esperando a cada segundo ser descubiertos, oír una fría y clara voz ó ver un destello de luz verde.
Y entonces oyó voces provenientes de la habitación que había directamente frente a ellos, solo un poco amortiguadas por el hecho de que la abertura al final del túnel había sido bloqueada con lo que parecía ser un viejo cajón. Apenas atreviéndose a respirar, Harry se acercó de lado hasta llegar a la abertura y miró a través de un minúsculo resquicio que había quedado entre el cajón y la pared. La habitación al otro lado estaba tenuemente iluminada, pero pudo ver a Nagini, arremolinándose y enroscándose como una serpiente submarina, segura en su encantada esfera resplandeciente, que flotaba sin apoyo en medio del aire. Podía ver el borde de una mesa, y una blanca mano de largos dedos jugueteando con una varita.
Entonces Snape habló, y el corazón de Harry dio una sacudida. Snape estaba a poca distancia de donde él se agazapaba oculto.
...mi Señor, la resistencia se está desmoronando...
... y lo está haciendo sin tu ayuda dijo Voldemort con su altiva y clara voz. Aunque tú seas un hábil mago, Severus, no creo que supongas mucha diferencia ahora. Casi estamos... casi.
Permítame encontrar al chico. Déjeme traerle a Potter. Sé que puedo encontrarle, mi Señor. Por favor.
Snape pasó a zancadas por delante de la hendidura, y Harry se retiró un poco, manteniendo los ojos fijos en Nagini, preguntándose si habría algún hechizo que pudiera penetrar la protección que la rodeaba, pero no podía recordar ninguno. Un intento fallido, y revelaría su posición.
Voldemort se levantó. Harry podía verle ahora, ver sus ojos rojos, el achatado rostro de serpiente, su palidez reluciendo levemente en la penumbra.
Tengo un problema Severus dijo Voldemort suavemente.
¿Mi Señor?- dijo Snape.
Voldemort levantó la Varita de Saúco, cogiéndola tan delicada y meticulosamente como la batuta de un director.
¿Por qué no me funciona, Severus?
En el silencio Harry imaginó que podía escuchar el leve siseo de la serpiente mientras se enroscaba y desenroscaba... ¿ó era el suspiro sibilante de Voldemort persistiendo en el aire?
¿Mi... Mi Señor?  dijo Snape sin comprender. No lo entiendo. Usted... usted ha ejecutado magia extraordinaria con esa varita.
No dijo Voldemort He ejercido mi magia habitual. Soy extraordinario, pero esta varita...no. No ha revelado las maravillas que me habían prometido. No percibo diferencias entre esta varita y la que obtuve de Ollivander tantos años atrás.
El tono de Voldemort era pensativo, tranquilo pero la cicatriz de Harry había comenzado a palpitar y latir. El dolor estaba aumentando en su frente, y podía sentir aquel controlado sentimiento de furia creciendo dentro de Voldemort.
Ninguna diferencia dijo de nuevo Voldemort.
Snape no habló. Harry no podía verle la cara. Se preguntó si Snape presentía el peligro, y estaba intentando encontrar las palabras adecuadas para tranquilizar a su maestro.
Voldemort empezó a moverse alrededor de la habitación. Harry lo perdió de vista unos segundos mientras la rondaba, hablando con la misma voz mesurada, mientras el dolor y la furia aumentaban en Harry.
He pensado largo y tendido, Severus... ¿sabes por qué te he hecho volver de la batalla?
Y por un momento Harry vio el perfil de Snape. Sus ojos estaban fijos en la enroscada serpiente en su caja encantada.
No, mi Señor, pero le ruego que me permita volver. Déjeme encontrar a Potter.
Suenas como Lucius. Ninguno de vosotros entiende a Potter como lo hago yo. No necesita ser encontrado. Potter vendrá a mí. Yo conozco sus debilidades, sabes, su único gran defecto. Odiaría ver como son fulminados los demás a su alrededor, sabiendo que lo que ocurre es a causa de él. Querrá detenerlo a cualquier precio. Vendrá.
Pero mi Señor, podría resultar muerto accidentalmente por cualquier otro antes de que usted...
Mis instrucciones a los mortifagos han sido perfectamente claras. Capturar a Potter. Matar a sus amigos...cuantos más, mejor... pero no matarle a él. Pero es de ti de quien deseo hablar, Severus, no de Harry Potter. Has sido muy valioso para mí. Muy valioso.
Mi Señor sabe que solo ambiciono servirle. Pero... déjeme ir a por el chico, mi Señor. Déjeme traérselo. Sé que puedo...
¡Te he dicho que no! dijo Voldemort, y Harry captó el brillo rojo en sus ojos cuando se giraba de nuevo, y el susurrar de su manto fue como el deslizar de una serpiente, y sintió la impaciencia de Voldemort en su ardiente cicatriz.  Mi preocupación por el momento, Severus, es que ocurrirá cuando finalmente encuentre al chico.
Mi Señor, no puede haber dudas, ¿seguramente...?
... pero hay una duda, Severus. La hay.
Voldemort se detuvo, y nuevamente Harry pudo verlo perfectamente mientras deslizaba la Varita de Saúco entre sus blancos dedos, mirando fijamente a Snape.
¿Por qué las dos varitas que he usado fracasaron cuando las dirigí hacia Harry Potter?
Yo... Yo no puedo responder eso mi Señor.
¿No puedes?
Harry sintió la puñalada de ira como si le hubieran atravesado la cabeza con un clavo. Se metió el puño dentro de la boca para evitar lanzar un grito de dolor. Cerró los ojos y de repente él era Voldemort, estudiando la pálida cara de Snape.
Mi varita de tejo hizo todo lo que le pedí, Severus, excepto matar a Harry Potter. Falló dos veces. Cuando torturé a Ollivander este me habló de los núcleos gemelos, me dijo que usara la varita de otra persona. Así lo hice, pero la varita de Lucius se hizo pedazos tras enfrentarse a la de Potter.
No... no tengo explicación, mi Señor.
Snape no estaba mirando ahora a Voldemort. Sus oscuros ojos estaban todavía fijos en la enroscada serpiente en la esfera protectora.
Busqué una tercera varita, Severus, la Varita de Sáuco, la Varita del Destino, la Vara de la Muerte. La tome de su dueño anterior. La cogí de la sepultura de Albus Dumbledore.
Y ahora Snape miró a Voldemort, y el rostro de Snape parecía como una mascara de muerte. Era blanco como el mármol y tan quieto que cuando habló, fue una conmoción ver que alguien vivía tras de esos ojos vacíos.
Mi Señor...déjeme ir a por el chico...
Toda esta larga noche mientras estoy al borde de la victoria, he estado aquí sentado dijo Voldemort, su voz apenas más alta que un suspiro, preguntándome, preguntándome por qué la Varita de Saúco se niega a ser lo que debería ser, se niega a actuar como la leyenda dice que debe actuar para su verdadero dueño...y creo que tengo la respuesta.
Snape no habló
¿Quizás tú ya la sabes? Después de todo, eres un hombre inteligente, Severus. Has sido un buen y leal sirviente, y lamento lo que debe ocurrir.
Mi Señor...
La Varita de Saúco no puede servirme adecuadamente, Severus, porque yo no soy su verdadero dueño. La Varita de Saúco pertenece al mago que asesinó a su último dueño. Tú mataste a Albus Dumbledore. Mientras vivas, Severus, la Varita de Saúco no puede ser realmente mía.
¡Mi Señor! protestó Snape, levantando su varita.
No hay otro camino dijo Voldemort Debo dominar la varita, Severus. Dominar la varita, y dominar a Potter al fin.
Y Voldemort golpeó el aire con la Varita de Saúco. No pareció hacerle nada a Snape, que por una fracción de segundo pareció pensar que había sido indultado, pero entonces la intención de Voldemort quedó clara. La jaula de la serpiente se había girado en el aire, y antes de que Snape pudiera hacer algo más que gritar, le había cubierto parcialmente, la cabeza y los hombros y Voldemort habló en Parsel.
Mata.
Hubo un terrible grito. Harry vio la cara de Snape perder el poco color que le quedaba, empalideció mientras sus negros ojos se ensanchaban, mientras los colmillos de la serpiente atravesaban su cuello, y él fracasaba en su intento de librarse a si mismo de la jaula encantada. Sus rodillas cedieron y cayó al suelo.
Lo lamento dijo fríamente Voldemort.
Se apartó. No había tristeza en él, ni remordimiento. Ya era hora de dejar esta choza y hacerse cargo de la situación, con una varita que ahora obedecería todas sus órdenes. La apuntó hacia la resplandeciente jaula, que contenía a la serpiente, y esta flotó hacia arriba, liberando a Snape, que cayó de lado sobre el suelo, con sangre chorreando de las heridas del cuello. Voldemort salió de la habitación sin una mirada atrás y la gran serpiente flotó tras él dentro de su enorme esfera protectora.
De regreso al túnel y a su propia mente, Harry abrió los ojos. Se había hecho sangre al morderse los nudillos en un esfuerzo por no gritar. Ahora estaba viendo a través de la minúscula grieta entre el cajón y la pared, viendo un pie enfundado en una bota negra que temblaba en el suelo.
¡Harry!dijo Hermione en voz baja tras él, pero él ya había apuntado con la varita el cajón que bloqueaba la vista. Éste se levantó un poco en el aire y flotó haciéndose silenciosamente a un lado. Tan sigilosamente como pudo, se metió en la habitación.
No sabía por que lo estaba haciendo, pero se estaba aproximando al hombre moribundo. No sabía que sentía al ver la blanca cara de Snape, tratando de restañar con los dedos la sangrienta herida del cuello. Harry se sacó la Capa de invisibilidad y bajó la mirada hacia el hombre que odiaba, cuyos agrandados ojos negros encontraron a Harry mientras trataba de hablar. Harry se inclinó sobre él, y Snape le agarró la parte delantera de sus ropas y lo acercó.
Un terrible y borboteante ruido salio de la garganta de Snape.
Coge...la... coge... la
Algo más que sangre estaba escurriéndose de Snape. Azul plateado, ni gas ni liquido, emanaba de su boca, oídos y ojos, y Harry sabía lo que era, pero no sabía qué hacer...
Una redoma, conjurada del el fino aire, fue dejada en su temblorosa mano por Hermione. Harry recogió la plateada sustancia con su varita metiéndola dentro. Cuando la redoma estuvo llena hasta el borde, y Snape daba la sensación de que ya no le quedara nada de sangre dentro, su agarre en la ropa de Harry se aflojó.
Mira...a...me...susurró Snape.
Los ojos verdes encontraron los negros, pero después de un segundo, algo en las profundidades de los oscuros pareció desaparecer, dejándolos fijos, en blanco y vacíos. La mano que agarrada a Harry hizo un ruido sordo al golpear el suelo, y Snape no se movió más.th
Leer el Capitulo

Capítulo 31: La batalla en Hogwarts


El techo encantado del Gran Comedor estaba oscuro y salpicado de estrellas, y bajo él las cuatro largas mesas de las Casas estaban llenas de estudiantes desaliñados, algunos con capas de viaje, otros en bata. Aquí y allá brillaban las figuras blanco perladas de los fantasmas del colegio. Cada ojo, vivo o muerto, estaba fijo en la Profesora McGonagall, que estaba hablando desde la elevada plataforma en lo alto del Comedor. Detrás de ella se encontraban el resto de profesores, incluyendo al centauro palomino Firenze, y los miembros de la Orden del Fénix que habían llegado para luchar.
—… la evacuación será supervisada por el señor Filch y la señora Pomfrey. Prefectos, cuando os avise, organizad a vuestras casas y llevad a los estudiantes a vuestro cargo de forma ordenada al punto de evacuación.
Muchos de los estudiantes parecían petrificados. Sin embargo, mientras Harry bordeaba las paredes, examinando la mesa de Gryffindor en busca de Ron y Hermione, Ernie Macmillan se levantó en la mesa de Hufflepuff y gritó: —¿Y si queremos quedarnos y luchar?
Hubo un puñado de aplausos.
—Si sois mayores de edad, podéis quedaros —dijo la Profesora McGonagall.
—¿Y qué pasa con nuestras cosas? —habló una chica en la mesa de Ravenclaw—. ¿Nuestros baúles, nuestras lechuzas?
—No tenemos tiempo de recoger posesiones —dijo la profesora McGonagall—. Lo importante es sacaros de aquí sin contratiempos.
—¿Dónde está el Profesor Snape? —gritó una chica desde la mesa de Slytherin.
—Se ha, por decirlo de forma coloquial, largado —respondió la Profesora McGonagall, y un gran vitoreo estalló entre los Gryffindors, Hufflepuffs, y Ravenclaws.
Harry se desplazó por el Comedor junto a la mesa de Gryffindor, todavía buscando a Ron y Hermione. Mientras pasaba, muchas caras se giraron en su dirección y una gran cantidad de susurros estalló tras su estela.
—Ya hemos colocado protección alrededor del castillo —estaba diciendo la Profesora McGonagall—, pero es poco probable que aguante durante mucho tiempo si no la reforzamos. Por tanto, debo pediros que os mováis rápido y con calma, y que hagáis lo que los prefectos os…
Pero sus palabras finales fueron ahogadas por una voz diferente que resonó por todo el Comedor. Era alta, fría y clara. No se podía decir de dónde venía. Parecía emitirse desde las mismas paredes. Como el monstruo al que una vez había dado órdenes, podía haber permanecido latente allí durante siglos.
—Sé que os estáis preparando para luchar —hubo gritos entre los estudiantes; algunos de ellos se agarraron a otros, mirando alrededor aterrados en búsqueda de la fuente del sonido—. Vuestros esfuerzos son inútiles. No podéis luchar contra mí. No quiero mataros. Tengo un gran respeto por los profesores de Hogwarts. No quiero derramar sangre mágica.
Ahora hubo silencio en el Comedor, el tipo de silencio que presionaba contra los tímpanos, que parecía demasiado enorme para ser contenido por las paredes.
—Entregadme a Harry Potter —dijo la voz de Voldemort—, y no se os hará daño. Entregadme a Harry Potter y dejaré la escuela intacta. Entregadme a Harry Potter y seréis recompensados.
—Tenéis hasta medianoche.
El silencio se los tragó de nuevo. Cada cabeza se giró, cada ojo de la habitación pareció posarse en Harry, sujetándole para siempre en el resplandor de miles de rayos invisibles. Entonces una figura se levantó de la mesa de Slytherin, y Harry reconoció a Pansy Parkinson cuando levantó un brazo tembloroso y gritó:
—¡Pero está allí! Potter está allí. ¡Que alguien lo coja!
Antes de que Harry pudiera hablar, hubo un movimiento generalizado. Los Gryffindors que tenía delante se habían levantado y se enfrentaban a los Slytherins, no a Harry. Entonces los Hufflepuffs se levantaron, y casi al mismo tiempo los Ravenclaws, todos con la espalda hacia Harry, todos mirando a Pansy. Y Harry, asombrado y abrumado, vio salir varitas de todas partes, sacadas de debajo de las capas y de las mangas.
—Gracias, señorita Parkinson —dijo la Profesora McGonagall con voz cortante—. Abandonará el Comedor la primera con el señor Filch. El resto de su Casa puede seguirla.
Harry oyó el chirrido de los bancos y luego el sonido de los Slytherin saliendo en tropel por el otro lado del Comedor.
—¡Ravenclaw, seguidlos! —gritó la Profesora McGonagall.
Con lentitud las cuatro mesas se vaciaron. La mesa de Slytherin estaba completamente vacía, pero bastantes Ravenclaw de los últimos cursos permanecieron sentados mientras sus compañeros salían; incluso más Hufflepuff se quedaron, y la mitad de los Gryffindors permanecieron en sus asientos, de modo que fue necesario que la Profesora McGonagall bajase de la plataforma de los profesores para obligar a los menores de edad a ponerse de camino.
—¡Absolutamente no, Creevey, váyase! ¡Y usted, Peakes!
Harry se acercó apresurado hacia los Weasley, todos sentados juntos en la mesa de Gryffindor.
—¿Dónde están Ron y Hermione?
—¿No los has encontrado…? —empezó el Señor Weasley, con expresión preocupada.
Pero se interrumpió cuando Kingsley dio un paso adelante en la plataforma elevada para dirigirse a los que se habían quedado.
—Sólo tenemos media hora hasta la medianoche, así que tenemos que actuar con rapidez. Ya se ha aceptado un plan de batalla entre los profesores de Hogwarts y la Orden del Fénix. Los profesores Flitwick, Sprout y McGonagall van a llevar a grupos de luchadores a la parte de arriba de las tres torres más altas —Ravenclaw, Astronomía y Gryffindor— donde tendrán una buena visión general, excelentes posiciones desde donde lanzar hechizos. Mientras tanto Remus —señaló a Lupin—, Arthur —apuntó hacia el señor Weasley, sentado en la mesa de Gryffindor—, y yo, llevaremos grupos a los terrenos. Necesitaremos a alguien que organice la defensa de las entradas o de los pasadizos hacia el colegio…
—Eso suena a un trabajo para nosotros —gritó Fred, indicándose a George y a sí mismo, y Kingsley asintió con aprobación.
—Muy bien, ¡que vengan aquí los líderes y dividiremos las tropas!
—Potter —dijo la Profesora McGonagall, apresurándose hacia él mientras los estudiantes inundaban la plataforma, empujándose por alcanzar una mejor posición, recibiendo instrucciones—. ¿No se supone que tienes que estar buscando algo?
—¿Qué? Oh —dijo Harry—, ¡oh, sí!
Casi se había olvidado del Horrocrux, casi se había olvidado de que se estaba presentando esta batalla para que pudiese buscarlo, la inexplicable ausencia de Ron y Hermione había apartado momentáneamente de su mente el resto de pensamientos.
—¡Entonces vete Potter, vete!
—Cierto… sí…
Sintió que muchos ojos le seguían cuando de nuevo salió corriendo del Gran Comedor, hacia el vestíbulo de entrada todavía lleno de estudiantes que estaban siendo evacuados. Se dejó arrastrar con ellos subiendo la escalera de mármol, pero al llegar arriba se apresuró por un pasillo vacío. Miedo y pánico nublaban sus procesos mentales. Intentó calmarse, concentrarse en encontrar el Horrocrux, pero sus pensamientos zumbaban tan frenéticos e infructuosos como avispas atrapadas bajo un cristal. Sin Ron y Hermione para ayudarle, no parecía ser capaz de ordenar sus ideas. Empezó a avanzar más despacio, deteniéndose a mitad de un pasillo. Se sentó en el pedestal de una estatua que se había ido y sacó el Mapa del Merodeador de la bolsita que llevaba colgada al cuello. No pudo ver por ninguna parte el nombre de Ron o el de Hermione, aunque pensó que la densidad de la multitud de puntos que ahora se dirigían a la Sala de los Menesteres podría estar ocultándolos. Apartó el mapa, se apretó las manos contra la cara y cerró los ojos, intentando concentrarse.
Voldemort creyó que iría a la torre de Ravenclaw.
Ahí estaba, un hecho sólido, un lugar por donde empezar. Voldemort había colocado a Alecto Carrow en la sala común de Ravenclaw, y sólo podía haber una explicación: Voldemort temía que Harry ya supiese que su Horrocrux estaba conectado a esa Casa.
Pero el único objeto que alguien parecía asociar con Ravenclaw era la diadema perdida… ¿y cómo podía ser el Horrocrux la diadema? ¿Cómo era posible que Voldemort, un Slytherin, hubiera encontrado la diadema que había esquivado a generaciones de Ravenclaws? ¿Quién le habría dicho dónde mirar, cuando nadie que hubiese visto la diadema estaba vivo para contarlo?
Nadie estaba vivo para contarlo…
Bajo sus dedos, los ojos de Harry se abrieron de golpe. Saltó del pedestal y se apresuró por donde había venido, ahora en persecución de su última esperanza. El sonido de cientos de personas avanzando hacia la Sala de los Menesteres fue haciéndose más elevado mientras regresaba hacia las escaleras de mármol. Los prefectos estaban gritando instrucciones, intentando llevar la cuenta de los estudiantes de sus propias casas; había muchos empujones y gritos. Harry vio a Zacharias Smith derribando a estudiantes de primer año para llegar al principio de la cola. Aquí y allá estudiantes más jóvenes estaban llorando, mientras los mayores llamaban desesperados a amigos o hermanos.
Harry avistó una figura de un blanco perlado deslizándose por el vestíbulo de entrada hacia abajo, y gritó tan fuerte como pudo por encima del clamor.
—¡Nick! ¡NICK! ¡Necesito hablar con usted!
Se abrió paso entre la marea de estudiantes, finalmente alcanzando la base de las escaleras, donde Nick Casi Decapitado, fantasma de la torre de Gryffindor, estaba esperándole.
—¡Harry! ¡Mi querido muchacho!
Nick intentó agarrar las manos de Harry con las suyas. Harry sintió como si las hubieran metido en agua congelada.
—Nick, tiene que ayudarme. ¿Quién es el fantasma de la torre de Ravenclaw?
Nick Casi Decapitado pareció sorprendido y un poco ofendido.
—La Dama Gris, por supuesto; pero si son servicios fantasmales lo que necesitas…
—Tiene que ser ella… ¿sabe donde está?
—Veamos…
La cabeza de Nick se tambaleó un poco en su gorguera al girar de aquí a allá, mirando por encima de las cabezas del tropel de estudiantes.
—Es esa de allí, Harry, la joven con el pelo largo.
Harry miró en la dirección que indicaba el dedo transparente de Nick y vio un fantasma alto, que pilló a Harry mirándola, levantó las cejas y se alejó por una pared sólida.
Harry corrió tras ella. Una vez en la puerta del pasillo por el había desaparecido, la vio llegando al final, todavía deslizándose con fluidez, alejándose.
—¡Eh… espere… vuelva!
Ella accedió a parar, flotando a unos centímetros del suelo. Harry notó que era hermosa, con el pelo largo hasta las caderas y capa hasta los pies, pero también parecía altiva y orgullosa. Al acercarse, la reconoció como el fantasma junto al que había pasado varias veces por los pasillos, pero con quien nunca había hablado.
—¿Usted es la Dama Gris?
Ella asintió, pero no habló.
—¿El fantasma de la torre de Ravenclaw?
—Eso es correcto.
Su tono no era alentador.
—Por favor, necesito algo de ayuda. Necesito saber cualquier cosa que pueda contarme sobre la diadema perdida.
Una sonrisa fría curvó sus labios.
—Me temo —dijo, girándose para marcharse—, que no puedo ayudarte.
—¡ESPERE!
No había tenido intención de gritar, pero el enfado y el pánico amenazaban con abrumarlo. Miró a su reloj mientras ella estaba suspendida delante. Faltaba un cuarto de hora para la medianoche.
—Es urgente —dijo con fiereza—. Si esa diadema está en Hogwarts, tengo que encontrarla, rápido.
—No eres el primer estudiante que codicia la diadema —dijo desdeñosa—. Generaciones de estudiantes me han importunado…
—¡Esto no tiene que ver con sacar mejores notas! —le gritó Harry—. Es sobre Voldemort, derrotar a Voldemort, ¿o es que eso no le interesa?
Ella no se podía sonrojar, pero sus transparentes mejillas se volvieron más opacas, y su voz sonó acalorada cuando respondió: —Por supuesto, ¿cómo te atreves a sugerir…?
—Bueno, ¡entonces ayúdeme!
La compostura el fantasma se estaba resquebrajando.
—No… no es un asunto de… —tartamudeó—. La diadema de mi madre…
—¿Su madre?
Ella pareció enfadada consigo misma.
—Cuando vivía —dijo con rigidez—. Era Helena Ravenclaw.
—¿Usted es su hija? Pero entonces, debe saber lo que pasó con ella.
—Aunque la diadema otorga sabiduría —dijo con un obvio esfuerzo de recuperar la compostura—, dudo que aumente mucho tus posibilidades de derrotar al mago que se hace llamar Lord…
—¡Ya se lo he dicho, no me interesa llevarla! —dijo Harry con fiereza—. No hay tiempo de explicarlo, pero si Hogwarts le importa, si quiere ver a Voldemort acabado, ¡tiene que decirme todo lo que sepa sobre la diadema!
Ella se quedó totalmente inmóvil, flotando en medio del aire, mirándole fijamente, y un sentimiento de desesperación engulló a Harry. Por supuesto, si ella hubiese sabido algo, se lo habría contado a Flitwick o Dumbledore, que seguramente le habrían hecho la misma pregunta. Sacudió la cabeza y empezó a girar para marcharse cuando ella habló en voz baja.
—Le robé la diadema a mi madre.
—¿Usted… hizo qué?
—Robé la diadema —repitió Helena Ravenclaw en un susurro—. Buscaba hacerme más lista, más importante que mi madre. Huí con ella.
No sabía cómo había conseguido ganarse su confianza y no preguntó, simplemente escuchó, firme, mientras ella continuaba.
—Dicen que mi madre nunca admitió que la diadema se había perdido, sino que pretendió que todavía la tenía. Ocultó la pérdida, mi espantosa traición, incluso a los demás fundadores de Hogwarts.
»Entonces mi madre cayó enferma… de muerte. A pesar de mi traición, estaba desesperada por verme una vez más. Envió a un hombre que hacía mucho me había amado, aunque yo había desdeñado sus atenciones, a que me encontrase. Sabía que él no descansaría hasta haberme encontrado.
Harry esperó. Ella respiró profundamente y echó la cabeza hacia atrás.
—Me rastreó hasta el bosque en el que me ocultaba. Cuando rechacé volver con él, se puso violento. El Barón siempre fue un hombre de temperamento fuerte. Furioso ante mi rechazo, celoso de mi libertad, me apuñaló.
—¿El Barón? ¿Quiere decir…?
—El Barón Sanguinario, sí —dijo la Dama Gris, y apartó la capa que llevaba para descubrir una herida oscura en su pecho blanco—. Cuando vio lo que había hecho, se vio abrumado por los remordimientos. Cogió el arma que se había llevado mi vida, y la usó para matarse. Después de todos estos siglos, aún lleva sus cadenas como un acto de penitencia… como debe ser —añadió amargamente.
—¿Y… y la diadema?
—Se quedó donde yo la había escondido cuando oí al Barón avanzar tropezando por el bosque, yendo hacia mí, oculta en el interior de un árbol hueco.
—¿Un árbol hueco? —repitió Harry— ¿Qué arbol? ¿Dónde fue eso?
—Un bosque en Albania. Un lugar solitario que creí fuera del alcance de mi madre.
—Albania —repitió Harry. El sentido estaba surgiendo milagrosamente de la confusión, y ahora entendió porqué le estaba contando lo que le había negado a Dumbledore y Flitwick—. Ya le ha contado a alguien esta historia, ¿verdad? ¿Otro estudiante?
Ella cerró los ojos y asintió.
—No tenía… ni idea… Era adulador. Parecía… entender… comprender…
Sí, pensó Harry. Tom Ryddle ciertamente había entendido el deseo de Helena Ravenclaw de poseer fabulosos objetos sobre los que tenía pocos derechos.
—Bueno, no es la primera persona a la que Ryddle le sonsaca cosas —murmuró Harry—. Podía ser encantador cuando quería…
Así que Voldemort había sido capaz de sonsacarle la localización de la diadema perdida a la Dama Gris. Había viajado a aquel bosque remoto y recuperado la diadema de su escondite, quizás tan pronto como abandonó Hogwarts, antes incluso de haber empezado a trabajar en Borgin y Burkes.
¿Y no le habrían parecido aquellos retirados bosques albaneses un excelente refugio cuando, mucho después, Voldemort había necesitado un lugar donde esconderse, sin ser molestado, durante diez largos años?
Pero la diadema, una vez se convirtió en su valioso Horrocrux, no había sido abandonada en ese modesto árbol… No, la diadema había vuelto en secreto a su verdadero hogar, y Voldemort debía haberla puesto allí…
—…la noche que vino a pedir trabajo! —dijo Harry, acabando su pensamiento.
—¿Perdón?
—¡Ocultó la diadema en el castillo, la noche que le pidió a Dumbledore que le dejara dar clase! —dijo Harry. Decirlo en voz alta le permitió darle sentido a todo—. ¡Debió esconder la diadema al ir, o volver, al despacho de Dumbledore! Pero merecía la pena intentar obtener el trabajo, de lograrlo podría haber tenido oportunidad de robar también la espada de Gryffindor… ¡gracias, gracias!
Harry la dejó allí flotando, con expresión absolutamente desconcertada. Al girar en una esquina para volver al vestíbulo de entrada, comprobó su reloj. Faltaban cinco minutos para la medianoche, y aunque sabía lo qué era el último Horrocrux, no estaba más cerca de descubrir dónde estaba…
Generaciones de estudiantes habían fallado en la búsqueda de la diadema; eso sugería que no estaba en la torre de Ravenclaw… pero si no estaba allí, ¿dónde? ¿Qué escondite había encontrado Tom Ryddle dentro del castillo de Hogwarts, que creía que permanecería secreto para siempre?
Perdido en desesperada especulación, Harry giró en una esquina, pero había dado sólo unos pocos pasos en el nuevo pasillo cuando la ventana a su izquierda se rompió en añicos con un estrépito ensordecedor. Cuando saltó a un lado, un cuerpo gigante voló a través de la ventana y golpeó la pared opuesta.
Algo grande y peludo se separó, gimoteando, de lo que había llegado y se lanzó hacia Harry.
—¡Hagrid! —bramó Harry, rechazando las atenciones de Fang, el gran danés, cuando la enorme figura barbuda se puso en pie—. ¿Qué…?
—¡Harry, estás aquí! ¡Estás aquí!
Hagrid se agachó, le dio a Harry un rápido abrazo que casi le parte las costillas, y corrió de vuelta hacia la ventana hecha añicos.
—¡Buen chico, Grawpy! —bramó a través del agujero en la ventana—. ¡Te veo en un momento, qué buen chico!
Detrás de Harry, en la noche oscura, Harry vio ráfagas de luz en la distancia y oyó un extraño grito agudo. Bajó la mirada a su reloj: era medianoche. La batalla había empezado.
—Caray, Harry —jadeó Hagrid—, este es, ¿eh? El momento de luchar.
—Hagrid, ¿de dónde vienes?
—Escuché a quién-tú-ya-sabes en la cueva —dijo Hagrid ceñudo—. La voz se oye lejos, ¿sabes? “Tenéis hasta medianoche para entregarme a Potter”. Supe que debía estar allí, imaginé lo que debería estar sucediendo. Baja, Fang. Así que hemos venido a unirnos, Grawpy, Fang y yo. Nos abrimos paso por el linde del bosque, Grawpy nos llevaba, a mí y Fang. Le dije que me dejase en el castillo, así que me tiró por la ventana, bendito sea. No es exactamente lo que quería decir, pero… ¿dónde están Ron y Hermione?
—Esa —dijo Harry—, es realmente una buena pregunta. Vamos.
Se movieron a prisa por el pasillo, con Fang siguiéndolos patoso. Harry podía oír movimientos a lo largo del pasillo: pasos de gente corriendo, gritos; a través de las ventanas, podía ver más destellos de luz en los oscuros terrenos.
—¿A dónde vamos? —dijo Hagrid sin aliento, sus pasos resonaban, pegados a los talones a Harry, haciendo temblar las tablas.
—No lo sé exactamente —dijo Harry, haciendo otro giro aleatorio—, pero Ron y Hermione deben estar por aquí en algún sitio…
Las primeras bajas de la batalla ya estaban desparramadas en el siguiente pasillo: dos gárgolas de piedra que normalmente guardaban la entrada a la sala de profesores habían sido destrozadas por una maldición que había entrado por una ventana rota. Sus restos se arrastraban débilmente en el suelo, y cuando Harry saltó sobre una de las cabezas sin cuerpo, esta gimió ligeramente.
—Oh, no te preocupes por mí… simplemente me quedaré aquí desmenuzada…
Su fea cara de piedra hizo pensar a Harry en el busto de mármol de Rowena Ravenclaw en la casa de Xenophilius, adornado con ese alocado tocado… y después en la estatua de la torre de Ravenclaw, con la diadema de piedra sobre los rizos blancos…
Y cuando llegó al final del pasillo, el recuerdo de una tercera figura de piedra volvió a él, una de un viejo brujo, uno en cuya cabeza el mismo Harry había colocado una peluca y un destrozado sombrero viejo. La conmoción recorrió a Harry con el calor del whisky de fuego, y casi tropezó.
Sabía, por lo menos, dónde le estaba esperando el Horrocrux.
Tom Ryddle, que no confiaba en nadie y trabajaba sólo, podía haber sido tan arrogante como para asumir que él, y sólo él, había penetrado en los misterios más profundos del castillo de Hogwarts. Por supuesto, Dumbledore y Flitwick, esos estudiantes modelo, nunca habían puesto un pie ese lugar concreto, pero él, Harry, se había desviado del camino habitual en sus días de colegio… había al menos un lugar secreto que él y Voldemort conocían, que Dumbledore nunca había descubierto…
Fue devuelto a la realidad por la profesora Sprout, que pasó con estruendo llevando detrás a Neville y a una media docena más de alumnos, todos con orejeras y lo que parecían ser grandes plantas en macetas.
—¡Mandrágoras! —bramó Neville a Harry por encima del hombro mientras corría—. Vamos a lanzarlas por las paredes… ¡no les va a gustar!
Harry sabía a donde ir. Avanzó más rápido, con Hagrid y Fang corriendo tras él. Pasaron retrato tras retrato, y las figuras pintadas corrieron lateralmente con ellos, brujas y magos con gorgueras y calzones, con armaduras y capas, apretándose en los lienzos de los otros, gritando noticias de otras partes del castillo. Cuando alcanzaron el final de ese pasillo, todo el castillo se sacudió, y Harry supo, cuando un jarrón gigante salió volando de su pedestal con fuerza explosiva, que era por la presión de encantamientos más siniestros que los de los profesores y la Orden.
—¡Todo está bien, Fang, todo está bien! —gritó Hagrid, pero el enorme gran danés se había dado a la fuga cuando astillas de vajilla volaron como metralla por el aire. Hagrid corrió pesadamente tras el aterrorizado perro, dejando a Harry solo.
Siguió adelante por los pasillos temblorosos, con la varita alerta, y recorriendo la longitud del pasillo, el pequeño caballero pintado, Sir Cardigan, se lanzaba de cuadro en cuadro junto a Harry, con la armadura resonando con un ruido metálico, gritando con ánimo, con su pequeño y gordo pony a medio galope por detrás.
—¡Fanfarrones y granujas, perros y bribones, sácalos de aquí, Harry Potter, échalos!
Harry se lanzó por una curva y encontró a Fred y a un pequeño grupo de estudiantes, incluyendo a Lee Jordan y Hannah Abbott, en pie delante de otro pedestal vacío, cuya estatua había ocultado un pasadizo secreto. Sus varitas estaban listas y estaban escuchando en el oculto agujero.
—¡Una buena noche para eso! —gritó Fred cuando el castillo se sacudió otra vez, y Harry pasó a toda velocidad, eufórico y aterrorizado en igual medida. Se lanzó por otro pasillo y entonces vio lechuzas por todas partes, y la señora Norris estaba siseando e intentando espantarlas con las zarpas, sin duda para devolverlas a su lugar apropiado…
—¡Potter!
Aberforth Dumbledore estaba bloqueando el siguiente pasillo, con la varita lista.
—¡Tengo a cientos de chicos haciendo escándalo en mi bar, Potter!
—Lo sé, estamos evacuando —dijo Harry—. Voldemort está…
—… atacando porque no te han entregado, sí —dijo Aberforth—, no estoy sordo, todo Hogsmeade lo oyó. ¿Y no se os ocurrió a ninguno tomar a algunos Slytherins como rehenes? Hay hijos de los mortífagos a los que habéis mandado a ponerse a salvo. ¿No habría sido un poco más inteligente dejarlos aquí?
—Eso no habría detenido a Voldemort —dijo Harry—, y su hermano nunca lo habría hecho.
Aberforth gruñó y se encaminó en dirección contraria.
Su hermano nunca lo habría hecho… Bueno, era la verdad, pensó Harry mientras volvía a correr: Dumbledore, que había defendido a Snape durante tanto tiempo, nunca habría exigido rescate por los prisioneros…
Y entonces derrapó en una última curva y con un grito de alivio mezclado con furia, los vio. Ron y Hermione, ambos con los brazos llenos de grandes objetos curvados, sucios y amarillos, y Ron con una escoba bajo el brazo.
—¿Dónde demonios habéis estado? —gritó Harry.
—La Cámara de los Secretos —dijo Ron.
—Cámara… ¿qué? —dijo Harry.
—¡Fue Ron, todo idea de Ron! —dijo Hermione sin aliento—. ¿No fue absolutamente brillante? Ahí estábamos, después de irnos, y le dije a Ron que aunque encontrásemos otro, ¿cómo nos íbamos a deshacer de él? ¡Todavía no nos habíamos ocupado de la copa! ¡Y entonces se acordó de él! ¡En el basilisco!
—¿Qué dem…?
—Algo para terminar con los Horrocruxes —dijo Ron simplemente,
Los ojos de Harry bajaron a los objetos en brazos de Ron y Hermione, grandes colmillos curvados; arrancados, se dio cuenta ahora, de la calavera de un basilisco muerto.
—¿Pero cómo entrasteis allí? —preguntó, mirando de los colmillos a Ron—. ¡Se necesita hablar lengua pársel!
—¡Lo hizo! —susurró Hermione—. ¡Enséñaselo, Ron!
Ron hizo un horrible y estrangulado sonido siseante.
—Es lo que hiciste para abrir el guardapelo —le dijo a Harry disculpándose—. Tuve que probar varias veces hasta que sonó bien, pero —se encogió de hombros con modestia—, al final entramos.
—¡Estuvo increíble! —dijo Hermione—. ¡Increíble!
—Entonces… —Harry estaba luchando para seguir el hilo de la historia—. Entonces…
—Entonces ya queda un Horrocrux menos —dijo Ron, y sacó los restos destrozados de la copa de Hufflepuff de debajo de su chaqueta—. Hermione le clavó el colmillo. Me pareció que debía ser ella. Todavía no había tenido el placer.
—¡Qué genio! —gritó Harry.
—No fue nada —dijo Ron, aunque parecía encantado consigo mismo—. Así que, ¿qué novedades tienes?
Al decirlo, hubo una explosión por encima de sus cabezas. Los tres miraron hacia arriba mientras caía polvo del techo y se escuchaba un grito lejano.
—Sé cómo es la diadema, y dónde está —dijo Harry, hablando con rapidez—. La escondió exactamente donde yo tenía mi viejo libro de Pociones, donde todo el mundo lleva siglos escondiendo cosas. Creyó que era el único que lo había encontrado. Vamos.
Mientras las paredes temblaban otra vez, Harry los llevó de vuelta hacia la entrada tapiada y por la escalera que bajaba a la Sala de los Menesteres. Estaba vacía salvo por tres personas: Ginny, Tonks y una bruja muy anciana que llevaba un apolillado sombrero, a quien Harry reconoció de inmediato como la abuela de Neville.
—Ah, Potter —dijo ella con sequedad como si hubiera estado esperando por él—. ¿Puedes decirnos lo que está sucediendo?.
—¿Están todos bien? —dijeron Ginny y Tonks a la vez.
—Que yo sepa —dijo Harry—. ¿Todavía hay gente en el pasadizo que lleva a La Cabeza de Cerdo?
Sabía que la habitación no sería capaz de transformarse mientras todavía hubiese usuarios en ella.
—Yo fui la última en entrar —dijo la señora Longbottom—. Lo sellé. Creo que no es muy inteligente dejarlo abierto ahora que Aberforth ha abandonado su bar. ¿Habéis visto a mi nieto?
—Está luchando —dijo Harry.
—Naturalmente —dijo la anciana señora con orgullo—. Perdonadme, debo ir y ayudarle.
Con sorprendente rapidez se marchó hacia las escaleras de piedra.
Harry miró a Tonks.
—Creía que se suponía que estabas con Teddy en la casa de tu madre.
—No podía aguantar no saber… —Tonks parecía angustiada—. Ella le cuidará… ¿has visto a Remus?
—Tenía planeando liderar un grupo de luchadores en los terrenos…
Sin decir otra palabra, Tonks se marchó con rapidez.
—Ginny —dijo Harry—, lo siento, pero necesitamos que tú también te vayas. Sólo un momento. Después puedes volver a entrar.
—¡Y después puedes volver! —le gritó mientras la veía echar a correr por los escalones detrás de Tonks—. ¡Tienes que volver!
—¡Espera un momento! —dijo Ron abruptamente—. ¡Nos hemos olvidado de alguien!
—¿Quiénes? —preguntó Hermione.
—Los elfos domésticos. Estarán todos abajo en las cocinas, ¿no?
—¿Quieres decir que deberíamos ordenarles luchar? —preguntó Harry.
—No —dijo Ron serio—. Quiero decir que deberíamos decirles que se marcharan. No queremos más Dobbys, ¿verdad? No podemos ordenarles que mueran por nosotros…
Se oyó estruendo cuando los colmillos de basilisco cayeron en cascada de los brazos de Hermione. Corriendo hacia Ron, le lanzó los brazos al cuello y le besó de lleno en la boca. Ron arrojó los colmillos y la escoba que estaba sujetando y respondió con tanto entusiasmo que levantó a Hermione del suelo.
—¿En este momento? —preguntó Harry débilmente, y cuando no ocurrió nada excepto que Ron y Hermione se abrazaron el uno al otro con más firmeza y se tambalearon, elevó la voz—. ¡Eh! ¡Que estamos en medio de una guerra!
Ron y Hermione se separaron, con los brazos todavía alrededor del otro.
—Lo sé, tío —dijo Ron, que parecía que acababa de recibir un golpe en la parte de atrás de la cabeza con una bludger—, es que es ahora o nunca, ¿no?
—No importa, ¿qué pasa con el Horrocrux? —gritó Harry—. ¿Creéis que podréis… conteneros hasta que tengamos la diadema?
—Sí… de verdad… lo siento —dijo Ron, y él y Hermione empezaron a recoger los colmillos, los dos ruborizados.
Cuando los tres volvieron al pasillo escaleras arriba, quedó claro que en los minutos que habían pasado en la Sala de los Menesteres la situación del castillo se había deteriorado severamente. Las paredes y el techo temblaban más que nunca; el polvo llenaba el aire, y a través de la ventana más cercana, Harry vio ráfagas de luz verde y roja tan cerca de la base del castillo que supuso que los mortífagos debían estar a punto de entrar en él. Mirando hacia abajo, Harry vio al gigante Grawp serpenteando entre ellos, balanceando lo que parecía ser una gárgola de piedra arrancada del techo y rugiendo su disgusto.
—¡Esperemos que pise a algunos! —dijo Ron mientras más gritos resonaban en las cercanías.
—¡Mientras no sea ninguno de los nuestros! —dijo una voz. Harry se giró y vio a Ginny y Tonks, ambas con las varitas apuntadas a la siguiente ventana, a la que le faltaban varios cristales. Incluso mientras miraba, Ginny lanzó una maldición con buena puntería a la multitud de combatientes más abajo.
—¡Buena chica! —rugió una figura corriendo entre el polvo hacia ellos, y Harry vio de nuevo a Aberforth, con su cabello gris volando mientras guiaba a un pequeño grupo de estudiantes—. Es posible que atraviesen las almenas de la parte norte. Tienen sus propios gigantes.
—¿Has visto a Remus? —le gritó Tonks cuando él se marchaba.
—Estaba en un duelo con Dolohov —gritó Aberforth—, ¡no lo he visto desde entonces!
—Tonks —dijo Ginny—, Tonks, estoy segura de que está bien…
Pero Tonks se había marchado corriendo entre el polvo siguiendo a Aberforth.
Ginny se giró, impotente, hacia Harry, Ron, y Hermione.
—Estarán bien —dijo Harry, aunque sabía que eran palabras vacías—. Ginny, volveremos en un momento. Solo quédate a un lado, mantente a salvo… ¡Vamos! —le dijo a Ron y Hermione, y echaron a correr de vuelta a la extensión de pared donde la que la Sala de los Menesteres esperaba recibir las órdenes del siguiente que entrase.
Necesito el lugar donde se esconde todo, rogó Harry en el interior de su cabeza, y una puerta se materializó a la tercera pasada.
El furor de la batalla murió en el momento que cruzaron el umbral y cerraron la puerta tras ellos. Todo estaba en silencio. Estaban en un lugar del tamaño de una catedral con la apariencia de una ciudad, sus altísimas paredes estaban cubiertas de objetos escondidos por miles de estudiantes hacía mucho tiempo.
—¿Y nunca se dio cuenta de que cualquiera podía entrar? —preguntó Ron, su voz resonó en el silencio.
—Pensó que era el único —dijo Harry—. Qué lástima que yo tuviera que esconder cosas en mis tiempos… por aquí —añadió—. Creo que está por aquí abajo…
Pasó delante del trol disecado y el armario evanescente que Draco Malfoy había arreglado el año anterior con consecuencias tan desastrosas. Entonces dudó, mirando arriba y abajo las pilas de trastos; no podía recordar por dónde ir después…
—¡Accio diadema! —gritó Hermione en desesperación, pero nada voló por el aire hacia ellos. Parecía que, como en la cámara de Gringotts, la habitación no cedería los objetos ocultos tan fácilmente,
—Separémonos —le dijo Harry a los otros dos—. ¡Buscad un busto de piedra de un anciano con una peluca y una diadema! Está sobre un armario y definitivamente en algún lugar cerca de aquí…
Se apuraron por los pasillos contiguos. Harry podía escuchar los pasos de los otros resonando sobre las elevadas pilas de trastos, de libros, sombreros, cajas, sillas, libros, armas, escobas, bates…
—En algún lugar cerca de aquí —murmuró Harry para sí—. En algún lugar… En algún lugar…
Se adentró cada vez con más profundidad en el laberinto, buscando objetos que reconocía de su anterior viaje a la habitación. La respiración le retumbaba en sus oídos, y su misma alma parecía temblar. Ahí estaba, justo enfrente, el viejo armario con la superficie llena de ampollas en el que había escondido su viejo libro de pociones, y arriba de todo, el picado brujo de piedra que llevaba un viejo sombrero polvoriento y lo que parecía ser una antigua diadema opaca.
Ya había estirado la mano, aunque estaba a unos metros de distancia, cuando una voz atrás de él dijo:
—Quieto, Potter.
Resbaló hasta detenerse y se dio la vuelta. Crabbe y Goyle estaban detrás de él, hombro con hombro, con las varitas directamente apuntadas hacia Harry. A través del pequeño espacio entre sus caras burlonas, vio a Draco Malfoy.
—Es mi varita la que estás sujetando, Potter —dijo Malfoy, apuntando la suya a través del hueco entre Crabbe y Goyle.
—Ya no —jadeó Harry, apretando con más fuerza la varita de endrino—. Él que gana se la queda, Malfoy. ¿Quién te ha dejado la suya?
—Mi madre —dijo Draco.
Harry se rió, aunque no había nada demasiado divertido en la situación. Ya no podía oír a Ron o a Hermione. Parecían haber corrido lejos del alcance de su oído, buscando la diadema.
—¿Entonces cómo es que los tres no estáis con Voldemort? —preguntó Harry.
—Vamos a ser recompensados —dijo Crabbe. Su voz era sorprendentemente suave, para ser la de una persona tan enorme. Harry apenas le había oído hablar antes. Crabbe hablaba como un niño pequeño al que le hubiesen prometido una bolsa de caramelos—. Nos quedamos, Potter. Decidimos no irnos. Decidimos entregarte.
—Buen plan —dijo Harry con fingida admiración. No podía creer que estando tan cerca se lo fuesen a impedir Malfoy, Crabbe, y Goyle. Empezó a retroceder lentamente hacia el lugar donde el Horrocrux estaba ladeado sobre el busto. Si sólo pudiese ponerle las manos encima antes de que estallase la pelea…
—¿Entonces cómo entrasteis aquí? —preguntó, intentando distraerlos.
—Prácticamente viví en la Habitación de las Cosas Escondidas todo el año pasado —dijo Malfoy, con voz crispada—. Sé cómo entrar en ella.
—Estábamos escondidos en el pasillo de fuera —gruñó Goyle—. ¡Ahora podemos hacer Encantamientos Desilusionadores! Y entonces —en su cara se formó una sonrisa estúpida—, ¡apareciste justo delante de nosotros buscando una dia-dum! ¿Qué es una dia-dum?
—¿Harry? —la voz de Ron sonó de repente del otro lado de la pared, a la derecha de Harry—. ¿Estás hablando con alguien?
Con un movimiento rápido, Crabbe apuntó su varita hacia la montaña de quince metros de muebles viejos, baúles rotos, viejos libros, ropa y trastos imposibles de identificar, y gritó: —¡Descendo!
La pared empezó a tambalearse, y entonces el tercio superior cayó en el pasillo de al lado, en el que estaba Ron.
—¡Ron! —bramó Harry, cuando en algún lugar que no estaba a la vista Hermione gritó, y Harry oyó innumerables objetos caer al suelo al otro lado de la desestabilizada pared. Apuntó su varita a la muralla y gritó: —¡Finite! —y se estabilizó.
—¡No! —gritó Malfoy, agarrando el brazo de Crabbe cuando esté hizo amago de repetir el hechizo—. ¡Si destrozas la habitación puede que entierres esa cosa, esa diadema!
—¿Importa eso? —dijo Crabbe, liberándose—. Es a Potter a quien quiere el Señor Tenebroso, ¿a quién le importa una dia-dum?
—Potter vino hasta aquí para cogerla —dijo Malfoy, con impaciencia poco disimulada ante la lentitud de sus compañeros—, así que debe significar…
—¿”Debe significar”? —Crabbe se giró hacia Draco sin disimular su ferocidad—. ¿A quién le importa lo que tú creas? Ya no recibo órdenes tuyas, Draco. Tú y tu padre estáis acabados.
—¿Harry? —gritó Ron de nuevo, desde el otro lado del montón de trastos—. ¿Qué está pasando?
—¿Harry? —imitó Crabbe—. ¿Qué está pasando…?
-¡No, Potter! ¡Crucio!
Harry se había lanzado hacia la diadema. La maldición de Crabbe no le alcanzó, pero golpeó al busto de piedra, que voló por los aires. La diadema se elevó y luego cayó fuera de la vista sobre la masa de objetos en los que el busto había estado apoyado.
—¡ALTO! —gritó Malfoy a Crabbe, su voz resonó por la habitación—. El Señor Tenebroso lo quiere vivo…
—¿Y? No le he matado, ¿verdad? —gritó Crabbe, empujando el brazo de Malfoy que le retenía—. Pero si puedo, lo haré. De todas formas el Señor Tenebroso le quiere muerto, ¿cuál es la difer…
Un chorro de luz escarlata pasó a centímetros de Harry. Hermione había doblado la esquina y lanzado un encantamiento aturdidor a la cabeza de Crabbe. Sólo falló porque Malfoy le apartó.
—¡Es esa sangre sucia! ¡Avada Kedavra!
Harry vio a Hermione lanzarse a un lado, y la furia de ver que Crabbe había apuntado a matar, borró todo lo demás de su mente. Le lanzó a Crabbe un Hechizo Aturdidor, este se hizo a un lado, tirando la varita de Malfoy fuera de su mano, esta rodó fuera de la vista bajo una montaña de muebles y huesos rotos.
—¡No lo matéis! ¡NO LO MATÉIS! —gritaba Malfoy a Crabbe y Goyle, que estaban apuntando a Harry. Su vacilación durante esa fracción de segundo fue todo lo que Harry necesitó.
—¡Expelliarmus!
La varita de Goyle salió volando de su mano y desapareció en el baluarte de objetos que había a su lado. Goyle saltó tontamente donde estaba, intentado recuperarla. Malfoy saltó fuera del alcance del segundo Hechizo Aturdidor de Hermione, y Ron, apareciendo de repente al final del pasillo, lanzó un hechizo de Inmovilización Total a Crabbe, que no le alcanzó por poco.
Crabbe se dio la vuelta y gritó: —¡Avada Kedavra! —de nuevo. Ron saltó fuera de vista para eludir el chorro de luz verde. Malfoy, que estaba sin varita, se ocultó detrás de un armario de tres patas cuando Hermione cargó contra ellos, golpeando a Goyle con un Hechizo Aturdidor al avanzar.
—¡Está por aquí, en algún lugar! —le gritó Harry, apuntando a la pila de trastos en los que la vieja diadema había caído—. Búscala mientras yo voy a ayudar a Ron…
—¡HARRY! —gritó ella.
Un sonido crepitante y humeante a su espalda le advirtió. Se giró y vio a Ron y Crabbe corriendo por el pasillo hacia él, tan rápido como podían.
—¿Te gusta caliente, escoria? —rugía Crabbe mientras corría.
Pero no parecía tener control sobre lo que había hecho. Llamas de un tamaño anormal los estaban persiguiendo, lamiendo los laterales de las murallas de trastos, que se estaban desmenuzando convertidos en hollín ante su contacto.
—¡Aguamenti! —chilló Harry, pero el chorro de agua que salió de la punta de su varita se evaporó en el aire.
—¡CORRED!
Malfoy agarró al aturdido Goyle y lo arrastró. Crabbe los adelantó a todos, ahora con aspecto aterrorizado. Harry, Ron y Hermione iban a todo correr tras su estela, y el fuego los persiguía. No era un fuego normal. Crabbe había usado una maldición que Harry no conocía. Cuando giraron en una curva las llamas los persiguieron como si estuvieran vivas, sensibles, decididas a matarlos. Ahora el fuego estaba mutando, formando una manada gigante de bestias ardientes: serpientes llameantes, quimeras y dragones se elevaban y caían, y se elevaban de nuevo, y los detritus de siglos de los que se estaban alimentando, fueron lanzados al aire y hacia sus bocas con colmillos, sacudidos en lo alto de pies con garras, antes de ser consumidos por el infierno.
Malfoy, Crabbe y Goyle habían desaparecido fuera de vista; Harry, Ron y Hermione se pararon en seco: los ardientes monstruos estaban rodeándolos, acercándose cada vez más, moviendo garras, cuernos y colas, y el calor a su alrededor era tan sólido como una pared.
—¿Qué podemos hacer? —gritó Hermione por encima de los rugidos ensordecedores del fuego—. ¿Qué podemos hacer?
—¡Aquí!
Harry agarró un par de escobas de aspecto sólido de la pila más cercana de trastos y le lanzó una a Ron, que puso a Hermione detrás. Harry pasó la pierna por encima de la segunda escoba y, con fuertes golpes en el suelo, se elevaron en el aire, esquivando por centímetros el pico cornudo de una llameante ave de rapiña que cerró la mandíbula con fuerza. El calor y el humo se estaban volviendo insoportables. Bajo ellos el fuego maldito estaba consumiendo el contrabando de generaciones de estudiantes perseguidos, los resultados culpables de miles de experimentos prohibidos, los secretos de incontables almas que habían buscado refugio en la habitación. Harry no podía ver ni rastro de Malfoy, Crabbe o Goyle por ninguna parte. Descendió en picado tan bajo como se atrevió sobre los merodeadores monstruos llameantes para intentar encontrarlos, pero no había nada más que fuego. Qué terrible manera de morir… nunca había querido esto…
—¡Harry, salgamos, salgamos! —bramó Ron, aunque a través del humo negro era imposible ver dónde estaba la puerta.
Y entonces Harry escuchó un débil y lastimoso grito humano en el medio de la terrible conmoción, del estruendo de las llamas devoradoras.
—¡Es… demasiado… peligroso! —gritó Ron, pero Harry se giró en el aire. Con las gafas proporcionándole una pequeña protección en los ojos contra el humo, rastreó la tormenta de fuego que había debajo, buscando un signo de vida, una extremidad o una cara que todavía no estuviese carbonizada como la madera…
Y entonces les vio. Malfoy con los brazos alrededor del inconsciente Goyle, ambos colocados sobre una frágil torre de carbonizados pupitres, y Harry bajó en picado. Malfoy le vio acercarse y elevó un brazo, pero incluso cuando Harry lo cogió, supo al momento que no servía de nada. Goyle era demasiado pesado y la mano de Malfoy, cubierta de sudor, resbaló al instante de la mano de Harry…
—¡SI MORIMOS POR ELLOS, TE MATARÉ, HARRY! —rugió la voz de Ron, y, mientras una gran quimera llameante se lanzaba hacia ellos, él y Hermione arrastraron a Goyle a su escoba y se elevaron de nuevo en el aire, girando y tambaleándose, mientras Malfoy se encaramaba detrás de Harry.
—¡La puerta, llega hasta la puerta, la puerta! —gritó Malfoy al oído de Harry, y Harry aceleró, siguiendo a Ron, Hermione y Goyle a través del ondeante humo negro, apenas capaces de respirar. A su alrededor los últimos objetos sin quemar por las llamas devoradoras fueron lanzados en el aire, cuando las criaturas del fuego maldito las lanzaron a lo alto en celebración: copas y escudos, un collar centelleante y una vieja diadema opaca…
—¡Qué estás haciendo, qué estás haciendo, la puerta está por ese lado! —gritó Malfoy, pero Harry realizó un giro cerrado y se lanzó en picado. La diadema parecía caer a cámara lenta, girando y brillando mientras bajaba hacia las fauces de una serpiente con la boca abierta, y entonces la cogió, se la puso alrededor de la muñeca…
Harry volvió a virar bruscamente cuando la serpiente se lanzó hacia él; se elevó hacia arriba, directo al lugar donde, rezaba, estuviera la puerta abierta. Ron, Hermione y Goyle habían desaparecido. Malfoy estaba gritando y agarrándose tan fuerte a Harry que le hacía daño. Entonces, a través del humo, Harry vio una mancha rectangular en la pared y dirigió la escoba hacia ella. Momentos después el aire limpio le llenó los pulmones y colisionaron contra la pared del pasillo de enfrente.
Malfoy cayó de la escoba bocabajo, jadeando, tosiendo y con arcadas.
Harry se dio la vuelta y se sentó. La puerta de la Sala de los Menesteres se había desvanecido, y Ron y Hermione estaban sentados sin aliento junto a Goyle, que todavía estaba inconsciente.
—C-Crabbe —dijo Malfoy con voz ahogada tan pronto como pudo hablar—. C-Crabbe…
—Está muerto —dijo Ron con severidad.
Se hizo el silencio, sólo roto por los gemidos y toses. Entonces un gran número de enormes explosiones sacudió el castillo, y una gran cabalgata de figuras transparentes pasó galopando en sus caballos, con las cabezas gritando con sed de sangre bajo sus brazos. Harry se levantó tambaleándose cuando el Cazador sin Cabeza pasó y miró alrededor: la batalla todavía tenía lugar a su alrededor. Podía oír más gritos que aquellos de los fantasmas que acababan de pasar. El pánico lo invadió.
—¿Dónde está Ginny? —dijo bruscamente—. Estaba aquí. Se suponía que tenía que volver a la Sala de los Menesteres.
—Caray, ¿crees que todavía funcionará después de ese fuego? —preguntó Ron, mientras se ponía en pie, frotándose el pecho y mirando de derecha a izquierda—. ¿Deberíamos dividirnos y mirar…?
—No —dijo Hermione, también levantándose. Malfoy y Goyle permanecieron inútilmente desplomados en el suelo del pasillo; ninguno tenía varita—. Permanezcamos juntos. Digo que vayamos… Harry, ¿qué es eso en tu brazo?
—¿Qué? Oh, sí…
Se sacó la diadema de la muñeca y la levantó. Todavía estaba caliente, ennegrecida de hollín, pero cuando la examinó más cerca fue capaz de ver las pequeñas letras que tenía grabadas: UNA INTELIGENCIA SIN LÍMITES ES EL MAYOR TESORO DE LOS HOMBRES.
Una sustancia como sangre, oscura y alquitranada, parecía estar manado de la diadema. De repente Harry la sintió vibrar con violencia, después romperse entre sus manos, y al hacerlo, le pareció oír un débil y distante grito de dolor, resonando no sólo en los terrenos del castillo, si no en el objeto que acababa de fragmentarse entre sus dedos.
—¡Debe de haber sido Fiendfyre! —dijo Hermione con un quejido, con los ojos en la pieza rota.
—¿Cómo dices?
—Fiendfyre —fuego maldito— es una de las sustancias que destruyen Horrocruxes, pero yo nunca, nunca me habría atrevido a usarlo, por lo peligroso que es… ¿cómo supo Crabbe cómo…?
—Debió de aprenderlo de los Carrow —dijo Harry severamente.
—Una pena que no estuviese concentrado cuando le mencionaron cómo pararlo, la verdad —dijo Ron, cuyo pelo, al igual que el de Hermione, estaba chamuscado, y cuya cara estaba ennegrecida—. Si no hubiese intentado matarnos a todos, lamentaría bastante que estuviese muerto.
—¿Pero no te das cuenta? —susurró Hermione—. Esto quiere decir, que si podemos pillar a la serpiente…
Pero se interrumpió cuando gritos y alaridos y los inconfundibles sonidos de duelos llenaron el pasillo. Harry miró alrededor y su corazón pareció fallar. Los mortífagos habían entrado en Hogwarts. Fred y Percy acababan de aparecer a la vista, ambos peleando contra hombres enmascarados y con capuchas.
Harry, Ron y Hermione corrieron para ayudarlos. Chorros de luz volaron en todas direcciones y el hombre que peleaba con Percy retrocedió con rapidez, entonces la capucha se deslizó y vieron una alta frente y cabello veteado…
—¡Hola, Ministro! —bramó Percy, lanzando una limpia maldición directamente hacia Thicknesse, que dejó caer la varita y se empezó a arañarse las ropas por delante, aparentemente con tremendo malestar—. ¿Le he mencionado que renuncio?
—¡Estás de coña, Perce! —gritó Fred cuando el mortífago con el que estaba luchando se derrumbó bajo el efecto de tres Hechizos Aturdidores distintos. Thicknesse había caído al suelo con pequeños pinchos saliéndole por todas partes, parecía estarse convirtiendo en una especie de erizo de mar. Fred miró a Percy con regocijo.
—Realmente estás bromeando, Perce… no creo haberte oído bromear desde que tenías…
El aire explotó. Habían estado agrupados todos juntos, Harry, Ron, Hermione, Fred, y Percy, con los dos mortífagos a sus pies, uno aturdido y el otro transformado; y en esa fracción de segundo, cuando el peligro parecía temporalmente a raya, el mundo se desgarró. Harry se sintió volar por el aire, y todo lo que pudo hacer fue agarrarse lo más fuerte posible a esa fina ramita de madera que era su única arma, y protegerse la cabeza con las manos. Escuchó los gritos y alaridos de sus compañeros, sin esperanza de saber lo que les había pasado…
Y entonces el mundo se volvió todo dolor y penumbra. Estaba medio enterrado en las ruinas de un pasillo que había sido objeto de un terrible ataque. El aire frío le dijo que esa parte del castillo había volado, y algo caliente y pegajoso en su mejilla le indicó que estaba sangrando abundantemente. Entonces escuchó un grito terrible que le retorció las entrañas, que expresaba agonía de un tipo que ninguna llama o maldición podía causar, y se levantó, tambaleándose, más asustado de lo que había estado en todo el día, más asustado, quizás, de lo que había estado en toda su vida…
Hermione estaba luchando por ponerse en pie entre las ruinas, y tres hombres pelirrojos estaban juntos en el suelo donde la pared había explotado. Harry agarró la mano de Hermione al tambalearse y tropezar contra piedra y madera.
—¡No… no… no…! —estaba gritando alguien—. ¡No! ¡Fred! ¡No!
Percy estaba sacudiendo a su hermano, y Ron estaba arrodillado a su lado. Los ojos de Fred miraban sin ver, con el fantasma de su última sonrisa todavía grabada en la cara.
Leer el Capitulo